—Tu esposo, hija, no se parece al mío; Gregorio es lo que todos vemos: con su vozarrón diríamos que va a comerse los niños crudos, y luego, en el fondo, nada: un infeliz; yo misma hago de él cuanto quiero. Pero tu Higinio es muy diferente. ¡Ay, Emilia, qué engañada vives!... Tu marido es un hombre de historia...
Las frases ambagiosas de la señora de Hernández y aquella sonrisita de ironía y misterio con que las subrayaba, atizaron en el levantisco ánimo de doña Emilia una sospecha celosa.
—¡Tú hablas así por algo! —exclamó—; no disimules; ¿a qué esas reticencias? ¿Tiene Higinio relaciones con alguna mujer?...
Para responder, doña Lucía adoptó un gesto solemne.
—No tengas celos; yo sé que tu marido no te engaña. ¿Entiendes?... Fíjate bien: tu marido, actualmente, no te engaña; pero en otra época ya lejana pudo engañarte..., y si entonces, de algún enredo que acaso fue muy grave, supo escapar ileso, es inocente que ahora te asustes tanto por él.
Estaba rendida; sus esfuerzos para callar habían postrado sus energías. Tras un silencio, doña Emilia replicó absorta.
—No te entiendo, hija; la verdad: no te entiendo...
Quedose suspensa, los ojos puestos en el trozo de cielo que se divisaba por la ventana. Doña Lucía, muy inquieta, se levantó, arreglose los cabellos ante un espejo y volvió a sentarse. A pesar de la ajamonada solidez de su talle, el generoso crecimiento de los senos, la pomposidad durísima de las lucias caderas, el saludable color del rostro y la señoril bonitura de sus manos enjoyadas y pequeñas, daban a su figura notoria voluptuosidad y picante interés. Al decir de cuantos la conocieron joven, nunca fue muy hermosa; pero sus ojos y ademanes hubieron siempre una intención que inquietaba a los hombres, y esta fue la ventaja que envidiaron todas las mozas y trajo revueltos a los mozos mejores de su época. La misma doña Emilia recordaba que, muchos años atrás, siendo todos solteros, su marido y la actual señora de Hernández, cuya casa tenía a cierto callejón sin salida una reja muy florida y oscura, habían coqueteado un poco.
Doña Emilia, que tampoco podía estarse quieta, se acercó a la ventana, al espejo; bebió agua otra vez...
—¿Y tus hijos? —preguntó.