—En el colegio. Desde allí van al Casino en busca de su padre y luego vuelven todos juntos.
Anochecía rápidamente. En la penumbra del gabinete, sobre la blancura de las paredes, una antigua sillería de yute rojo alzaba sus respaldos ovalados; encima del sofá un espejo, semejante a un lago inmóvil, iba anegándose en sombras; cromos baratos y manojos de fotografías y tarjetas postales servían de sencillo paramento a los muros; sobre un viejo velador con piedra de mármol, colocado en el centro de la habitación, una planta descolorida por el polvo y la luz, abría la estupidez de sus flores de trapo.
Pisadas inquietas, juveniles, acompañadas de otras varoniles más lentas, turbaron la quietud del zaguán. Se oyó preguntar:
—¿Y mamá?... ¿Ha venido mamá?
Eran Anselmo y Joaquín. Doña Emilia reconoció la voz de sus hijos y acudió a su encuentro. Venían los muchachos acompañados de un minero, que se había destocado respetuosamente y miraba a las señoras de Perea y de Hernández muy compungido.
—Esto es lo único que hemos hallado —dijo Anselmo.
Y presentó a su madre el paraguas, hecho trizas, de don Higinio.
—¡El paraguas de papá! —exclamó doña Emilia crispando las manos y levantándolas blancas y trémulas sobre su cabeza—; pero, ¿y vuestro padre?... ¿Dónde está vuestro padre?...
Los dos mozalbetes, aunque consternados, no dejaban de gozarse secretamente en la importancia que les confería la noticia de que eran portadores.
—Nosotros —dijo Joaquín— apenas tú saliste de casa nos fuimos a buscar a papá, y ya en el campo encontramos a este hombre, que traía el paraguas.