Anselmo presentó al obrero.
—Trabaja en nuestra mina; es entibador.
Doña Emilia, lívida, temblante, fantasmal, tuvo que sentarse. La mujer del médico se mantenía a su lado, de pie, acariciándola los hombros con una mano, pronta a socorrerla, y por prudente indicación suya Joaquinito fue a buscar un vaso de agua.
El rústico se rascaba la cabeza.
—Yo —dijo— me sentía hoy mal, que llevo más de ocho días con calenturas, como sabe muy bien don Gregorio, y ese fue el motivo de que dejase el trabajo antes de la hora. Cuando salí de la mina eran las cinco y llovía bastante. Yo vivo, para lo que las señoras gusten mandarme, a la entrada del Calvario Viejo, de modo que, para no rodear mucho, seguí el camino que guía a la llamada Venta del Ansia, por mal nombre. Conque al acercarme al río, que viene crecidísimo... ¡Aquí los señoritos lo saben y pueden decirlo!... Viene para darle un susto al más guapo. Conque ya iba a cruzarlo y me había arremangado el pantalón, con permiso de ustedes, hasta semejante sitio, cuando veo una cosa que flotaba sobre la corriente; según estaba, parecía una rueda. Pienso: «Eso es un paraguas abierto». Me paro, y como el viento lo traía hacia donde yo estaba, lo cogí sin trabajo. Entonces... «¡Pero si es el paraguas del amo!...». Lo reconocí por la cenefa morada, que no hay otro igual en Serranillas, y porque el amo ha bajado a la mina muchas veces con él. A poco encontré a los señoritos, y aquí estamos todos para cuanto las señoras quieran disponer. Yo, al menos, ya lo saben las señoras: si en algo puedo ser útil... Con toda confianza...
Calló, y como en el estupor de tragedia que sus palabras habían producido nadie hablase, añadió:
—Ahora lo que hace falta es que a don Higinio no le haya sucedido ninguna desgracia.
Todo volvió a quedar en silencio. Joaquinito procuraba abrir el paraguas, húmedo y siniestro como un ahogado. Su hermano se lo arrebató.
—Estate quieto, tonto, ¿no comprendes que vas a romperlo?
Doña Emilia permanecía inmóvil y sin color, los ojos enjutos, fijos, enormemente abiertos, cual si viera rodar las ondas turbias del Guadamil y flotando sobre ellas el cadáver de don Higinio. La misma doña Lucía, a pesar de la confianza que el campeón de la Grande Jatte la inspiraba, empezó a inquietarse. Ella conocía el cariño que don Higinio profesaba a su paraguas; por lo mismo, cuando se resignó a perderlo debió de ser en circunstancias de terrible y excepcional peligro; probablemente, viendo que la tempestad no amainaba, decidiría repasar el Guadamil, y al intentarlo y sentirse vencido por la corriente tiraría sus enseres de pescador, su sillita de campo, su paraguas... ¿Y después?... Porque un hombre, por heroico que sea, si no sabe nadar se ahoga en seguida.