No obstante, la señora de Hernández supo hallar en su atribulado magín palabras discretas de esperanza.

—Yo creo —dijo— que don Higinio no habrá cometido la imprudencia de querer vadear el río hallándolo tan crecido.

Su insinuación piadosa halló eco en el minero.

—Eso mismo pienso yo. El amo conoce el río mejor que nadie, y sabe que con el Guadamil no es bueno jugar. Don Higinio se habrá escondido en el hueco de alguna peña, y allí estará aguardando a que la corriente baje un poco...

Ya el minero se había retirado y doña Emilia aún continuaba idiotizada por la impresión sufrida: «El paraguas —repetía— el paraguas...». Aquel dolor seco, reconcentrado y sin gestos comenzaba a ser de malísimo agüero. Para dicha de todos, la crisis resolviose al fin en un torrente de lágrimas.

—¡Ya no le veré nunca! —sollozaba—, ¡nunca!... ¡Ah!... ¿Por qué le dejé marchar?... ¡Si yo lo sabía!... ¡Si esta mañana, cuando le vi ponerse su traje de pana nuevo, me dijo algo el corazón!...

Hablaba a media voz, hipando, bebiéndose las lágrimas. Joaquinito también rompió a llorar. El primogénito, muy pálido, se mordía los labios enfrenando el llanto, obediente al bizarro consejo de su padre, según el cual los hombres nunca deben demostrar dolor. Únicamente doña Lucía permanecía animosa: su confianza en el héroe resucitaba; era imposible que un hombre del temerario temple de Perea muriese así, tan oscuramente, tan prosaicamente, sin oponer al peligro un bello gesto de nadador. Pero, ¿y el paraguas?... ¿Cómo don Higinio, a no hallarse en riesgo extremado de muerte, pudo decidirse a perder su paraguas?...

—Eso es —dijo— que se le ha caído, y como el viento sería muy fuerte...

Pero doña Emilia, inconsolable, movía la cabeza negativamente.

—¡Nunca le veré, nunca! —repetía—. Ese traje, que hoy se puso por primera vez, era su mortaja... Yo no me engaño, Lucía; mi corazón no se equivoca...