Acompañada de sus hijos y de la esposa del médico, la presunta viuda volvió a su casa. Al verla tan caída, Teresita y Carmen empezaron a llorar. Vicenta, la cocinera, y las dos azafatas también tenían los ojos húmedos. Todas hablaban a la vez, sospechando las razones que inducían a creer en la muerte de don Higinio, y el paraguas, el maldito paraguas origen principal de tan lamentable alboroto, iba de unas manos a otras. Pepe, el jardinero, se presentó.
—Si a la señora le parece bien yo puedo ir a buscar al amo.
En la noche de tantas conversaciones inanes y estériles, aquella proposición resuelta y viril tuvo la eficacia de un rayo de luz. Súbitamente doña Emilia se reanimó; casi de un salto, a despecho de sus carnes, se puso de pie.
—¿Tú sabes dónde él pensaba pasar el día?...
—Aproximadamente, sí, señora. Es en un recodo del río que llaman Hoyo Grande.
—¿Muy lejos de aquí?
—Como a dos leguas. Pero la distancia no importa y si alguien me acompañase..., pues convendría que fuésemos varios y con hachones...
Doña Lucía intervino; aquello era lo mejor; de todos modos su optimismo opinaba que debían de esperar algo más; hasta las ocho, por ejemplo...
—Entretanto —añadió, dirigiéndose a Anselmo y a Joaquín—, vosotros iréis al Casino para informar a mi marido de lo que ocurre y decirle que venga aquí pasado un rato. Nadie como él para disponer qué hombres han de acompañar a Pepe.
Apenas los muchachos y el jardinero se marcharon, con urbanas razones doña Lucía rogó a Carmencita y a las criadas salir de la habitación. La buena señora no podía represar más tiempo la tentación de descubrir el terrible lance del hotel de los Alpes; a su juicio, era indudable que el conocimiento de la verdadera personalidad impasible y heroica de don Higinio había de infundir a su mujer grandes alientos. Ella misma, ¿de dónde sacaba su seguridad de que Perea había de volver, sino de la ciega fe que tenía en su valor?...