—¿Me marcho yo también? —interrogó Teresita.
—No, usted puede quedarse; lo que voy a decir es muy grave... ¡mucho!... Pero no tanto que usted no pueda oírlo.
El misterio de que la señora de Hernández rodeaba sus miradas, frases y gestos era tal, que oyéndola doña Emilia parecía olvidar su dolor. La esposa del médico se acercó a su amiga, la abrazó, la besuqueó sonora y efusivamente las mejillas...
—Lo que voy a decirte te asustará al principio, pero luego ha de tranquilizarte. ¡Emilia, mi pobre Emilia!... ¡Ah! ¡La mujer que tiene la suerte..., o la desgracia..., ¡nadie lo sabe!..., de pertenecer a un hombre como el tuyo, en la situación actual no debe asustarse!
La narradora miraba a las dos hermanas y a cada momento se interrumpía, saboreando su secreto, complaciéndose en tenerlo sobre la lengua y paladearlo como quien paladea un caramelo.
—Higinio —prosiguió—, donde le veis, tan bueno, tan suave, tan incapaz de hacer daño a nadie..., porque pocos caracteres habrá mejores que el suyo, ¿verdad?... Pues bien; Higinio... ¡ha matado a un hombre!...
Doña Emilia se levantó trémula, balbuciente, espectral. Sus cabellos se erizaban.
—¿Ha matado a un hombre?
Y Teresita, más aterrada tal vez que su hermana, porque su doncellez servía de abono a su ingenuidad, repitió con voz agonizante:
—¿Mi cuñado ha matado a un hombre?...