La señora de Hernández se ratificó en un gesto lleno de melancolía y de gravedad.
—Como estáis oyéndolo.
A sus palabras siguió un silencio terrible. De súbito doña Emilia lanzó un grito y adelantó hacia su amiga la lividez de sus manos temblantes y crispadas:
—Pero, ¿cuándo? ¿Cuándo ha sucedido eso? ¿Ha sido esta tarde?...
—No, hija mía; fue hace cinco o seis años, allá en París...
La relativa antigüedad de la fecha no mermó en un ápice el sobresalto de doña Emilia; tan grande era que bruscamente hallose aliviada, cual si el horror de aquella tragedia ignorada oscureciese su congoja presente.
—Tu marido —prosiguió doña Lucía— se lo confesó a Gregorio y a otros amigos en casa de don Cándido; ya sabes que los hombres, entre ellos, no tienen secretos; y Gregorio me lo ha contado a mí. Higinio mató en desafío al esposo de una italiana hermosísima, según dicen, con quien tuvo relaciones...
Oyendo esto la señora de Perea no experimentó malestar ninguno; ni siquiera tuvo celos; hallábase absorta y como desquiciada y fuera de sí. ¡Oh, la acre atracción del espanto! Ella, tan aficionada a leer novelas, creía asistir a la representación real, palpitante, de un inaudito folletín. Rápidamente, pero con una destreza que ni omitía detalles ni regateaba colores, la señora de Hernández fue refiriendo cuanto sabía del sangriento lance, y aun añadió bastante por cuenta de su propia imaginación y dadivoso temperamento: las citas de don Higinio con la italiana, las sospechas del marido, el encuentro de los dos hombres, su viaje a través de París, el Sena, la isla de la Grande Jatte, el barquero, la niebla, el combate a brazo partido, el tiro, y, finalmente, la cuchillada que partió en dos pedazos el tempestuoso corazón del holandés...
Víctima de indescriptible y jamás sentida tribulación, doña Emilia lloraba, reía, y tan pronto detenía la respiración, enfriábanse sus labios y dentro del pecho su ánima parecía ovillarse de miedo, como cobraba fueros y la sana color de la sangre volvía a sus mejillas. Cuando oyó que el holandés había disparado su revólver contra don Higinio quedose blanca, y segundos después, al saber que Perea, gallardamente y sin auxilio de nadie dio fin de su rival, se puso roja.
—¿Y dices que tiene una bala dentro del cuerpo?