—Sí.
—¿Dónde?...
—En la columna vertebral, un poco más arriba de los riñones.
—¿Y la herida?... ¡Yo no le he visto cicatriz ninguna!...
—No te habrás fijado; es pequeñita; Gregorio la conoce y... ¡ya comprenderás que un médico no puede equivocarse!... También la vieron don Cándido, Cenén, Arribas, el jefe de Correos..., todos, en fin, cuantos allí estaban; la cicatriz la tiene en la parte inferior del pecho: es una huella blanca, una especie de hendidura... ¡Como las balas de estos revólveres modernos apenas dejan rastro!...
Doña Emilia se persignaba: una inefable, recóndita y desconocida emoción la poseía. A pesar de saberse engañada no tenía celos, y al miedo que la patética historia la produjo iba aparejado una emoción muy dulce, muy consoladora, de admiración hacia el hombre que así, tan valerosamente, cuchillo en mano, defendió su vida. Su femenil vanidad se sentía halagada. Seguramente Higinio, al arremeter a su rival, pensó en sus hijos y también en ella... ¡sobre todo en ella!... Y su alma romántica, sin advertirlo, se esponjó de gozo. Se reconoció humilde; era débil, tímida; una pobre mujer sin valor y sin fuerzas. Él, en cambio, había dado pruebas concluyentes de heroísmo. ¡Ah! ¡Y ella durmió entre aquellos brazos temerarios y temblado de placer bajo la caricia viril de unas manos que, no obstante su proverbial bondad, si el caso llegaba sabían matar! ¡Qué revelación, qué alegría!... ¡Higinio!... «¡Su Higinio!...». ¿Por qué no estaría allí para abrazarse como esclava a sus rodillas?...
—De esto —concluyó doña Lucía— no hables a mi marido, pues le juré no decirte nada. Y hubiera mantenido mi juramento a no ser porque me he creído obligada a tranquilizarte, demostrándote que un hombre como el tuyo no es de los que se ahogan en un buche de agua.
A poco volvieron Anselmo y Joaquín; con ellos llegaban don Gregorio, Cenén y otros amigos de Perea, todos muy alborotados, conversadores y dispuestos a recorrer el bosque y aun a dragar el Guadamil, si era preciso, con tal de descubrir el paradero de don Higinio. Julio Cenén quería salir en su busca inmediatamente. Según las últimas noticias llegadas del campo, el nivel de las aguas había bajado mucho, de modo que si Perea ya no estaba allí era porque, luchando tal vez por vadear el río, sufrió algún percance grave. El impresionable secretario se paseaba nervioso, y en aquel ir y volver continuo, bajo la luz de la lámpara, su monda cabecita ornitológica adquiría brillanteces distintas.
—No creo —añadió— que se trate de un accidente irreparable; pero de algo muy serio, sí, porque Higinio es un carácter que no se amilana fácilmente.
Los circunstantes asintieron y de soslayo, con disimulo enigmático, miraron a doña Emilia. La pobre mujer se ruborizó y en medio de su dolor experimentó un gran alivio: la satisfacción vanidosa y exquisita de ser la consorte, la viuda quizás, de un héroe.