«¡Todos saben lo del hotel de los Alpes!», pensó.

Hernández había sacado su reloj, que por dos veces se llevó al oído. Temía que no anduviese, porque él hubiera jurado que era más tarde.

—¡Pero, señores —exclamó—, si apenas son las seis! No nos asustemos tanto; es que los días han acortado mucho. Acaso no hayan encendido todavía el reloj de la iglesia.

Doña Lucía se asomó a una ventana.

—Sí —dijo—, ya lo han encendido; desde aquí se ve. El cielo está muy limpio; hay luna...

En atención a lo moderado de la hora, prevaleció el criterio de don Gregorio. Esperarían a las siete para emprender la batida. Mientras Pepe el jardinero podía buscar las teas con que los ojeadores habían de alumbrarse. También era muy conveniente llevar perros.

—De paso —ordenó Cenén a Pepe—, llégate a mi casa y pide mis polainas.

—Tráete además las mías —dijo don Gregorio—, mis hijos saben dónde están.

Todos se habían sentado formando semicírculo delante de doña Emilia, y la prodigaban frases vulgares de consuelo. Don Higinio conocía a palmos las orillas del Guadamil, y era un hombre sereno y valiente acostumbrado a desafiar riesgos mucho mayores. La esposa del médico abrazó a su amiga.

—¿Lo ves?... ¿No te lo decía yo?