Y doña Emilia, afligida y consolada a la vez, hacía signos de asentimiento y se restañaba los ojos. Había, sin embargo, en aquella escena algo fúnebre, que trascendía a velorio o a visita de pésame.
A poco llegó don Cándido; en el Casino le explicaron lo que sucedía y en seguida fue a la botica a calzarse sus botas montaraces y a tomar un piscolabis. A doña Benita se lo dijo:
—No cuentes conmigo en toda la noche.
Don Gregorio le ofreció a su lado un asiento y le informó de cómo permanecerían allí hasta las siete. En aquel momento apareció el notario; vestía traje de pana, boina azul y polainas del mismo color; parecía un guerrillero; noticioso de lo ocurrido, su afecto a Perea le obligaba a pedir un puesto entre los primeros amigos que fueran a buscarle. También se sentó jadeante y obeso, y puso entre sus piernas la cayada de pastor de que venía armado. La reunión se animaba; parecía una tertulia de cazadores y a ello contribuía el violento ladrar de los perros que acababan de traer y andaban por el patio; los animales venteaban una aventura. La excursión, que al principio pudo parecer desabrida, cobraba de repente un interés cinegético enorme; en la conciencia de todos, insensiblemente, don Higinio se convertía en una presa.
Bruscamente la puerta se abrió y apareció Pepe. Con voz ahogada:
—¡El amo! —gritó.
Los circunstantes se levantaron; doña Lucía dio un grito; doña Emilia preguntó heroica, con la bizarría de una espartana:
—Pero, ¿viene vivo?...
—¡Sí, señora! Viene por su pie.
El jardinero desapareció. La esposa corrió hacia la puerta y todos la siguieron, apretujándose al salir. Nadie se asombraba de que Perea hubiese reaparecido, por muy recios obstáculos que hubiese necesitado vencer; ellos le conocían; el amante de Leopoldina era «un hombre». Doña Emilia atravesó el zaguán y salió a la calle, gritando: