—¡Higinio!... ¡Mi Higinio!...

Y allí mismo, bajo el perfil irónico de la luna y ante los balcones llenos de vecinos atisbadores y conmovidos, abrazó al héroe. A su vez sus amigos le rodearon, pero no osaban tocarle por miedo a mojarse. Don Higinio estaba densamente pálido, y era tan grande su frío, que los dientes le castañeteaban y apenas sabía concertar las palabras. Daba lástima y risa: llegaba embarrado hasta más arriba de las rodillas, traía roto el pantalón y había perdido la cinta del sombrero. Únicamente don Gregorio se atrevió a abrazarle, y lo hizo con la rudeza de un hércules.

—¿No le dije a usted esta mañana que el cielo amenazaba tormenta?... ¡Pero como usted es un hombre sin freno y sin ley!...

Don Higinio sonrió vagamente; estaba desjarretado, rendido y sus ojos buenos, medio cerrados por la fatiga, tenían el dolor de una infinita humildad. No podía hablar. Declaró que le dolían mucho la cabeza y la espalda, y necesitaba acostarse en seguida. Cuando supo que aquellos buenos amigos pensaban ir a buscarle con perros y antorchas se conmovió y supo dedicarles una sonrisa de gratitud.

—Gracias. Mañana les contaré lo sucedido..., mañana... ¿Eh? Ahora tengo frío... sueño... Sí, ustedes me perdonarán; hasta mañana...

Con esto despidiose de todos y entró en su casa. Doña Emilia clavó en don Gregorio una mirada suplicante.

—No es nada —repuso el médico—; un poquito de fiebre. De todos modos, yo volveré después de cenar.

VIII

Perea llegó a su cuarto, entornó la puerta y sin hablar se metió en la cama. Doña Emilia le ayudó a desnudarse y a cada momento se persignaba, significando así su asombro: el traje de pana, con el agua y el barro que traía encima, bien pesaba una arroba y seguramente quedaría inservible; las botas estaban rotas, y de tal modo las había desgobernado y encogido la mojadura, que su dueño necesitó forcejear mucho para quitárselas; los calcetines también aparecieron inservibles, agujereados y cubiertos de lodo. Doña Emilia no cesaba de pasmarse; su marido llevaba salpicaduras de barro hasta en la corbata; eran manchas absurdas, que nadie hubiera explicado cómo pudieron caer allí. El héroe de la Grande Jatte terminó por quedarse en pelota y vestirse un traje de franela amarilla que usaba cuando padecía amagos de reúma. Después cerró los ojos. Su mujer le contempló amorosamente, con una ternura nueva en ella, y por dos veces le besó la frente.

—¿Tienes frío?... ¿Eh?... ¿Tienes frío?...