Perea repuso lacónico, sin molestarse en abrir los ojos:

—Sí.

Ella deslizó bajo las mantas una mano tibia y maternal, buscando los pies uñosos, duros y grandes de don Higinio.

—¿Quieres una botella de agua caliente?

—Bueno...

El náufrago del Guadamil se dejaba mimar. Doña Emilia salió de la habitación a decir que inmediatamente pusiesen al fuego una olla con agua, y regresó a poco andando de puntillas. Aunque Perea tenía los párpados bien cerrados, ella, para que la luz no le hiriese si los abría, sujetó con alfileres, alrededor de la lámpara, un número de El Faro; hecho lo cual, enamorada y dócil como una sierva, prosternose delante de la cama. Don Higinio se había dormido, y bajo su bigote hirsuto los labios dejaron escapar un ronquido polífono y grotesco. Su mujer aprovechó estos instantes para ir en busca de la botella del agua caliente, que trajo envuelta en una toquilla y con gran diligencia. Aquel reparo, transmitiéndose rápidamente a los yertos pies del enfermo, debió de aliviarle, por cuanto no tardó en abrir los ojos. De ver el rostro de doña Emilia tan cerca del suyo pareció sorprenderse.

—¿Qué haces ahí?

—Mirarte... cuidarte...

—¿Por qué no te acuestas?

—Es muy temprano.