—¿Temprano?... ¿Qué hora?

—Las ocho, tal vez... Nadie ha cenado todavía...

—¡Las ocho! —repitió.

Había perdido la noción del tiempo; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.

—Sin duda —dijo— cuando volví traía un poco de calentura, pero ahora me siento mejor.

Miró a su mujer y de nuevo maravillose de verla tan amable, tan hembra, tan cerca de él. Ella, sin deponer su actitud de inferioridad y adoración, comenzó a besarle las manos, y cuantas veces lo hacía entornaba los negros ojos, cual si gustasen sus labios el roce de algo exquisito. La inocente señora tenía deseos locos de abrazar a su esposo; mas no como a marido y persona vulgar o de este mundo, sino como a héroe; asegurarle que de allí en adelante no volvería a reñirle ni habría en aquella casa otra voz que la suya; decirle que le perdonaba su travesura con la italiana de marras, y pedirle muchos detalles, muchos..., ¡muchos!... de su reyerta con el pavoroso holandés. Pero así, tan de sopetón, no se atrevía; temía que la detenida rememoración de aquellos momentos crueles mortificasen demasiado al vencedor de la Grande Jatte; un remordimiento, por adormecido que se halle bajo el tiempo, siempre es desagradable. Suavemente, mientras llegaba la ocasión propicia, interrogó:

—Ahora no tienes fiebre, ¿quieres comer algo?

Esta proposición evocó instantáneamente en don Higinio una sensación de hambre. Vio claro en su interior. Desde medio día no probaba bocado. Él no estaba enfermo, sino hambriento. Indolente, con la laxitud, follonería y la mala crianza de quien se reconoce muy mimado, manifestó deseos de comer unas sopitas de ajo.

—¿Con un huevo? —preguntó la esposa.

—Con dos.