Ella le besó.
—¿Las quieres claras o espesitas?...
—Mejor espesitas...
—¿Te gustaría tomar también una copita de jerez?... Una copa pequeña, de esas de licor...
El recuerdo de la comida enardecía a Perea, y su estómago, por segundos, recobraba toda su jovial prepotencia.
—Sí, quiero jerez, pero no en copa de licor; sírvemelo en vaso.
Doña Emilia sonrió maternal: antes esta exigencia la habría parecido una impertinencia estúpida; a nadie, con sentido común, hallándose en aquel estado de debilidad, se le ocurriría beber un vaso grande de jerez... Pero ahora se daba cuenta fácil de lo que en otra ocasión no hubiese comprendido. Don Higinio era un hombre mucho más fuerte que la mayoría de los hombres; un temperamento excepcional; un varón fuerte, bravo, nacido para la orgía y la pelea, que, como los mosqueteros legendarios, tras de un asalto y entre los brazos de las hermosas que se les rindieron, se curaban sus heridas con vino.
Mientras Teresita y Vicenta aderezaban las sopas, doña Emilia quiso friccionarle al enfermo los lomos con alcohol alcanforado. Perea accedió, soboncito y mimoso; después de pasar a la intemperie tantas horas ingratas, necesitaba sentirse curado, defendido. Su mujer le ayudó a colocarse boca abajo, le subió la camiseta hasta arrollársela alrededor del cuello, como una bufanda, retiró las mantas, dejándolas en aquel lugar, honesto todavía, donde la túnica de la Venus de Milo se detuvo, y comenzó a resobarle las mollares espaldas. Pronto la piel fue coloreándose; pero doña Emilia proseguía su saludable tarea briosamente, pensando que bajo aquella carne, más amada entonces para ella que nunca, había una bala.
Con la friega, el calor de la botella que tenía a los pies y el sustancioso reparo de la comida, no tardó el paciente en hallarse tan ágil, ufano y bien dispuesto como si nada malo le hubiese acaecido. Sus ojos brillaban. ¿Por qué se mostraba su mujer tan cariñosa, tan femenina?... Pidió un cigarrillo, tenía ganas de fumar y de charlar, exagerando los riesgos y fatigas que había hurtado.
—¡El río estaba imponente! —exclamó—. ¡Cómo rugía!... Imposible vadearlo; hubo momentos en que me acordé mucho de vosotros, particularmente de ti, Emilia. «¿Si no volveré a verla?», pensaba.