En su imaginación, naturalmente romancera y con ayuda del jerez, los sucesos se abultaban; el Guadamil se convertía en Amazonas. La esposa se enterneció:

—¿Es cierto —balbuceó lagotera— que cuantas veces te has visto en peligro de muerte te acordaste de mí?

—Siempre, hija mía.

Y al responder así don Higinio pensaba en su desafío con míster Ruch como en un hecho real. Doña Emilia se dejó resbalar de la sillita que ocupaba y quedó de hinojos sobre la alfombra, los brazos apoyados en el borde del lecho.

Teresita apareció, caminando de puntillas.

—Ahí está don Gregorio.

Perea se alegró; iba a llamarle; pero su mujer se lo impidió llevándose un índice a los labios. Volviose hacia su hermana:

—Dile que Higinio está profundamente dormido, y que si algo ocurriese ya le avisaremos.

Agregó, casi por señas:

—Vosotros podéis comer.