—¿Y tú?
—Yo, si tengo ganas, cenaré más tarde.
Teresita salió del aposento sin ruido, y al andar, a lo largo de su cuerpecillo rígido y seco de virgen cuarentona, su sencillo vestido negro se movía como una cortina sobre el vano de una puerta. Doña Emilia no quería separarse de su marido; la retenía a su lado la punzadora, la irrefrenable curiosidad de saber; sus manos suaves, nerviosas, acariciaban con fervor inexhausto las manos del héroe; y nuevamente Perea vio temblar en los ojos de su compañera, olvidada del amor durante largo tiempo, aquella expresión humilde, voluptuosa y rendida que antes, por dos veces, le había emocionado.
—¿Qué tienes? —preguntó.
Como las circunstancias le favorecían, acababa de hallar también en su garganta una inflexión dulce de voz. La esposa vaciló, se restañó los ojos con el embozo de la sábana, y de repente sus escrúpulos y reservas flaquearon. A tropezones, ahogándose bajo un desatado aluvión de suspirones y de lágrimas, murmuró:
—¡Lo sé todo, Higinio..., todo!... ¡Todo!... ¡Ah!... ¿Por qué fuiste tan malo y tan reservado conmigo?
—¿El qué sabes? —replicó Perea.
—Tu aventura del hotel de los Alpes... esa aventura que es la mitad de tu vida... Me lo ha contado Lucía esta tarde... ¡Es horrible!... ¡Horrible!...
Y le besaba las manos:
—Tú, con estas manos tan buenas..., que jamás hicieron daño a nadie... ¡haber matado a un hombre!...