Su dolor desbordó al eco de sus propias palabras, y su respiración tornose tan espasmódica y anhelante que necesitó levantarse y quitarse el corsé. Don Higinio se había quedado estupefacto. A espaldas suyas su hazaña iba adquiriendo proporciones cómicas: lo que él dijo a don Gregorio, este se lo comunicó a doña Lucía, quien, a su vez, se lo confesó a doña Emilia. ¡Buenas son las mujeres para guardar secretos de nadie cuando jamás supieron defender los suyos!... Él debía haber pensado en esto antes de mentir como un tonto y de atribuirse rasgos de baratería tan contrarios a su sencillez, templanza de costumbres y juiciosa manera de ser. ¿No era bufo que su mujer, creyéndole un asesino, llorase de aquel modo? Él, que nunca proporcionó a su compañera penas reales, ¿permitiría que así se afligiese por fantasmas?... Y luego, sus hijos, cuando fuesen hombres y cediendo al testimonio público aceptasen la certidumbre de aquella tragedia que todo el pueblo repetía, ¿qué pensarían de él?... ¿No le juzgarían severamente, y con razón?... La conciencia de Perea tuvo un gesto honrado.

—Todo eso —dijo— es falso.

—No mientas —replicó doña Emilia—, ¿por qué mientes?... ¿Quién, mejor que yo, te guardaría un secreto así?... ¡Ay!... ¡Ahora es cuando comprendo cuán poco me has querido!...

—Repito que nada de eso es cierto...

Lo negaba con honradez hidalga; pero súbitamente el primer impulso noble de su espíritu decayó, y entre sus labios la misma blandura de su negativa equivalió a una confesión. Doña Emilia, las manos cruzadas sobre el pecho, volvió a arrodillarse...

—Ten confianza en mí —musitaba—, yo no soy mala, yo te perdono todo, aunque me hayas burlado con muchas mujeres... ¿Qué importa, si al cabo volviste a mí? ¿No soy la verdadera, la única compañera de tu vida?... Al hablarme Lucía de esto tuve celos, sí... ¡celos horribles!...; pero apenas duraron un instante y los olvidé para solo pensar en ti, en el peligro que corriste luchando con ese hombre... ¡Dios le tenga en su gloria!, que el pobre, haciendo lo que hizo, defendía su honor. En estos casos, yo lo he dicho siempre, la infame que no merece perdón es la mujer. ¡Las mujeres son las perras!... Vosotros, no; vosotros no tenéis culpa: los hombres buscan, piden, y si consiguen algo... ¡Tan contentos!

Sonrió y tuvieron sus labios una complacencia inefable.

—Yo sé que ella era italiana y muy guapa... ¿verdad?... Él era holandés, creo... ¡Oh!... Cuéntame, me muero de curiosidad; yo debo saberlo todo para consolarte y sufrir contigo; yo quiero que sean míos tus remordimientos...

Y como don Higinio, desconcertado por el imprevisto sesgo de aquel discurso, tardase en responder, agregó:

—Si soy muy buena, si te amo más que a mi vida... ¿Sabes lo que hice aquí mismo, mientras tu dormías?... Pues rezar dos padrenuestros y dos avemarías por el eterno descanso de tu víctima. ¿Di, no era ese mi deber?... ¿No estamos obligadas las mujeres a pedir a Dios el perdón de cuantas locuras cometen sus maridos?...