Su verbo adquiría, con el entusiasmo, inflexiones proféticas.
—Créeme, Higinio: lo que no llegué a comprender en tantos años lo he visto ahora de golpe: todo en la vida tiene su razón, su «porqué» divino. Esto ya no hay quien me lo saque de la cabeza: si Dios me puso a tu lado y consintió nuestro matrimonio fue para que rezase por ti.
Se enternecía, su voz volvía a llenarse de lágrimas.
—Tu reserva de tantos años ha retrasado, sin duda, tu salvación. Pero yo sabré ganar el tiempo perdido, rezaré a Dios día y noche para que te perdone y Él me oirá...
Temblaba en su acento el deseo vehementísimo de que el drama de la isla de la Grande Jatte fuese cierto; y reiteradamente y entre grandes llamaradas pasó por sus pupilas mojadas en llanto aquella expresión lasciva y dulce que tanto había interesado a Perea. ¡Oh, paradojas del alma femenina! Doña Emilia, tan ordenada, tan rectilínea, devota y esclava del buen parecer burgués, no hallaba muy mal que su marido hubiese asesinado a un hombre: era una inconsecuencia pueril y deliciosa; algo truculento, pero también pintoresco, atrayente, como un romance de bandidos. Don Higinio sonrió por dentro. Si su mujer, efectivamente, con la seguridad de que él había matado a un holandés iba a ser en lo sucesivo más feliz que lo fue nunca, ¿por qué persuadirla de su error? ¿Qué mal había en ello?... En cuanto a sus hijos, ya les diría él la verdad más adelante... ¡Y eso si hacía falta!... Y, sobre todo, ¿dónde está lo cierto, dónde lo falso?... Hay millones de verdades que no lo son porque nadie cree en ellas. ¿Cuántos siglos, verbigracia, anduvo la humanidad sin saber que la tierra era redonda?... En cambio, una mentira defendida por todos es una verdad...
De sofisma en sofisma don Higinio iba recobrando aquella alerta disposición de ánimo en que estaba cuando inventó su hazaña en la botica de don Cándido. La botella de agua caliente, la friega de alcohol, las sopas, el vaso de jerez, la actitud dócil de Emilia... todo le animaba a seguir mintiendo. La estimación más fuerte la obtenemos, sin duda, con nuestra sinceridad; pero si en un caso concreto y por circunstancias especiales sucede lo contrario, ¿por qué buscar en ella el demérito y la ruina?...
El amante de Leopoldina dejó de fumar, contrajo sus cejas poderosas, dio a su fisonomía las expresiones graves de la resignación y del remordimiento. Aquella mentira le producía el malestar físico de un salto de mucha altura.
—Es verdad —declaró—; si ya lo sabes..., ¿a qué negarlo?...
Sus manos acariciaron paternales la cabeza de doña Emilia, y merced a un extraño miraje romántico le satisfizo que la cabellera que él conoció joven tuviese algunas canas, cual si estas hubieran brotado al dolor de sus locuras juveniles.
—¡Pobre Emilia!... ¡Tan buena!... ¡Qué demontre!... Yo nunca había pensado hablar contigo de esto...