Su ademán sobrio, dulce, tuvo esa fina elegancia que infunden al hombre la amabilidad y la melancolía. Habló lentamente. ¡París..., los días de niebla..., la melancolía de verse solo..., la castidad..., la tentación emboscada en el fastidio de cada hora que pasa!... Una noche, después de cenar, en el momento de salir a la calle, conoció a Leopoldina: era alta, flexible, elegantísima y llevaba puestos un gabán de paño negro a guisa de guardapolvo y una gorrilla escocesa de viaje. Mientras su marido hablaba con el intérprete del hotel, ella se había quedado inmóvil, lívida y como petrificada, mirando a don Higinio. A doña Emilia se la escapó una exclamación de cólera:

—¡Tía bribona!... ¡Si yo hubiese estado allí!...

Perea tenía una imaginación eminentemente plástica que le permitía ver cuanto iba inventando; pero con tal diafanidad y bulto, que apenas lo fantaseaba cuando ya lo recordaba y percibía como si realmente se hubiese retratado en sus pupilas alguna vez. Así, según devanaba el hilo de su aventura, recomponía los lugares donde colocaba su acción, asociando para ello con arte y presteza sorprendentes sitios y personas: sucesivamente evocaba la figura maciza del holandés, el perfil espiritual, cera y violeta, de la italiana; el aspecto risueño del comedor, el ascensor, la portería con sus carteles multicolores, la disposición de las habitaciones y pasillos del hotel de los Alpes, la calle Feydeau...; y luego la escena entre él y el marido, su viaje a través de París, la lucha sin testigos y a muerte, entre la bruma, sobre un suelo resbaladizo, cubierto de escarcha...

Animado por los incidentes de su novelesca relación, el náufrago del Guadamil se había sentado en la cama, y con tan artística vehemencia sentía su mentira, que ni un instante cesó el ademán de responder con absoluta fidelidad a la palabra. Aquella ley fisiológica que impone a cada idea rotunda y vivaz un gesto terminante, cumplíase en él exactamente. Su patraña, síntesis magistral de observaciones y de movimientos, adquiría por instantes el vigor de lo vivido. Su numen halló frases felicísimas. En la descripción de la pelea, especialmente, la cálida fantasía del narrador se desbordó con la misma generosidad que lo hizo aquella tarde el Guadamil. El encuentro había sido rápido y salvaje. Primeramente él y su enemigo lucharon a brazo partido; míster Ruch ponía todo su empeño en agarrarle del pescuezo. Indudablemente quería estrangularle; él, comprendiéndolo así, procuraba zafarse merced a esguinces y agachadillas de extraordinaria agilidad. Hubo instantes en que su valor se sintió abrumado y casi vencido bajo el corpachón del terrible holandés. Al cabo, aprovechando un descuido de su rival, pudo desasirse y desenvainar su cuchillo; míster Ruch entonces dio dos pasos atrás, sacó su revólver y disparó. Perea ni siquiera tuvo tiempo de sentirse herido: ciego de ira lanzose sobre su agresor y mientras con la mano izquierda le arrebataba el revólver, con la otra le hundió el cuchillo, hasta el mango, en el corazón...

Doña Emilia lanzó un grito.

—¿Y quedó muerto?...

Don Higinio adelantó el labio inferior, desdeñoso y perdonavidas.

—¡Toma!... ¡Tú verás! ¡Creo que la hoja le salió por la espalda!...

Horrorizada abrazó a su esposo, escondiendo su rostro en el pecho velludo del héroe.

—Calla, Higinio, por Dios —murmuró—, calla; has tenido en este instante una manera de mirar que me ha dado miedo.