Y, tras una pausa:

—¿Y cómo escapaste de allí? ¿No dices que estabais en una isla?

—Sí —replicó Perea—, y confieso que libré de milagro. Apenas me cercioré de que míster Ruch era cadáver, me puse mi pañuelo sobre la herida para detener la hemorragia lo mejor posible, me abroché el gabán, y guiándome por las huellas que nuestras pisadas dejaron en la nieve, regresé al sitio donde momentos antes habíamos desembarcado. Comprenderás que iba enfurecido y dispuesto a todo, incluso a asesinar al botero si por azar se negaba a volverme a la orilla. Afortunadamente, el hombre pareció alegrarse de verme; cuando yo llegué estaba dormido en el fondo de su lancha y para despertarle le sacudí por un brazo. Recuerdo que me preguntó: «¿Y su compañero?...». Yo, en previsión de que hubiese oído el tiro, le respondí: «Se ha quedado con unos amigos hasta más tarde; por cierto que ha matado con su revólver una rata terrible...».

Calló unos momentos y luego zambullose en el lecho diciendo con aire displicente:

—¡En fin!... ¿Para qué hablar más de eso?... Ya el tiempo se lo llevó todo, y... ¡menos mal!... que la policía no supo dar conmigo.

Doña Emilia sollozaba: acababa de representarse a su marido camino de la cárcel, maniatado y entre gendarmes. Perea continuó:

—Mi rival había tenido la precaución de no llevar consigo cédula, pasaporte ni ningún otro documento que señalase su personalidad; y como la pobre Leopoldina, por amor a mí, nada dijo, el lance quedó en el más absoluto misterio. Otro día te leeré lo que los periódicos dijeron del crimen de la Grande Jatte; ya verás; yo estaba aterrado; en París la gente no hablaba de otra cosa. Fue la época en que tú, pobrecita, te desesperabas porque yo no escribía. ¿Te acuerdas? ¿Comprendes ahora?... ¡Ah!... ¡Si supieses cuánto sufrí para que la servidumbre del hotel no se apercibiese ni de mi herida ni de las inquietudes horribles que me devoraban!... Al médico que me asistió, un señor anciano y muy bueno, pude convencerle de que el balazo me lo había dado yo mismo examinando una browning. ¡Cuántas penas! A no ser por tu recuerdo... ¡Ah!... Yo hubiese querido salir de París inmediatamente, pero no me atreví. «¿Y si me detienen?», pensaba. Un extranjero siempre es sospechoso, máxime a raíz de un crimen cuyo autor se ignora; por lo mismo preferí estarme quietecito y continuar mi vida ordinaria, y esto acaso me salvó.

Aún tuvo don Higinio cinismo para añadir a su mentira otros detalles. Los nueve días que tardó en cicatrizarse su herida los pasó encamado, pretextando un ataque de reúma; la hermosa Leopoldina le acompañaba día y noche, con un tesón de madre, y para que nadie la viese, siempre que llamaban a la puerta, se escondía detrás de un armario. Para justificar la insólita desaparición de su marido dijo en el hotel que míster Ruch había regresado precipitadamente a La Haya por asuntos de familia, y que, transcurrido algún tiempo, si no volvía iría a reunirse con él. Entretanto su amor hacia Perea crecía; le miraba con devoción llena de agradecimiento y de cariño; como se mira a un padre, a un libertador...

El narrador suspiró, arqueó las cejas y adoptó una actitud más cómoda.

—La infeliz..., ¡eso es verdad!..., se portó como una heroína; más de una semana estuvo sin quitarse el corsé.