Doña Emilia se mordía los labios celosa de la italiana y al mismo tiempo agradecida a su abnegación. Empezó a rezongar: verdaderamente, comportándose así, se limitó a cumplir su deber; ella, en su puesto y tratándose de un hombre tan bravo y caballero como Perea, hubiese hecho lo mismo.

—¿Y después? —exclamó.

—¿Qué?...

—¿Dónde se marchó esa mujer; qué fue de ella?...

La idea torcedora de que su marido no la hubiese olvidado y quizás la escribiera aún acababa de herirla, sofocándola como una punzada en el corazón. Don Higinio comprendió que, al revés de la realidad, donde las pequeñas historias suelen prolongarse demasiado, su mentira, para mayor intensidad y poética melancolía del relato, debía concluir pronto. Volvió a suspirar y su voz fue profunda:

—La pobre Leopoldina —murmuró lacónico— falleció en La Haya al año siguiente... de remordimientos, tal vez.

—¿Tú me lo juras, Higinio; tú me juras que esa mujer ha muerto?...

Perea extendió su mano derecha; aquella mano que vertió sobre la nieve de la isla de la Grande Jatte, como una gota de lacre, la sangre de un hombre.

—Te lo juro, Emilia. Si no fuese así, créeme, no te ocultaría la verdad.

Las pupilas ingenuas de la esposa resplandecieron de júbilo; pero instantáneamente, como era muy devota y no quería alegrarse del mal y menos de la muerte de nadie, se amustió y quedó pensativa. Por sus mejillas, dos lágrimas resbalaron.