—Si Dios la ha perdonado —murmuró—, como yo en este instante la perdono, estará salva.

Enamorada como nunca de su marido, trastornada su conciencia bajo la explosión de un cariño fulminante y novelesco, la excelente señora hallaba muy natural que una mujer enloqueciera y atropellase por don Higinio sus obligaciones más sagradas. Sus ojos se clavaban en el héroe con lubricidades masoquistas de bacante. ¡Ella misma!..., tan recogida, tan fiel, tan dueña de su carne, puesta en la situación de la hermosa italiana del hotel de los Alpes, ¿qué hubiera hecho?...

Quiso después ver el orificio de entrada de la bala. Perea se desconcertó imperceptiblemente: allí estaba la prueba que había de desbaratar su fraude de raíz, o, por el contrario, infundirle visos inconcusos y terminantes de certidumbre. Con notable aplomo, medio incorporado en el lecho, comenzó a desabrocharse la camiseta y sus dedos tactearon en la base del pecho rollizo y peludo. No dudaba vencer: don Gregorio, don Cándido, el notario, el secretario del Ayuntamiento, Gutiérrez... todos habían visto la herida y daban fe de ella. ¿Cómo doña Emilia, guiada por el ejemplo acaso más que por sus propios ojos, no la vería también? Por algo estaba enamorada y los enfermos de daño tan grave antes ven lo que quieren ver, que buscan y apetecen lo que realmente han visto.

—Mira —dijo Perea.

—¿Ahí?...

—Aquí mismo...

Su dedo índice señalaba la cicatriz blanca, tenue, que en aquel sitio le causara, treinta años atrás, un trozo de cristal. Doña Emilia levantó la cabeza, parpadeó, se frotó los ojos; la luz eléctrica suspendida en el comedio de la habitación, cerca del techo, estaba cansada y alumbraba mal. Miró, sin embargo...

—Veo entre el vello una especie de herida...

—Esa es.

—Sí, sí... ¡Ahora!... ¡Qué horror!... ¡Pensar que por un agujero así se nos puede ir la vida!...