—La bala —replicó audazmente don Higinio— era de esas delgadas y largas que ahora se usan; su diámetro, según dijo el médico, sería menor que el de un cigarrillo; por eso el orificio de entrada es tan pequeño.
Las grandes pupilas candorosas de doña Emilia estaban llenas de espanto.
—¿Y no sientes la bala?...
—Muy raras veces; únicamente cuando el tiempo cambia o ando mucho... o si realizo algún esfuerzo...
Añadió cruel:
—Hace un rato, por ejemplo, dejé que me friccionases con alcohol porque todo este lado de los riñones me dolía bastante.
Doña Emilia besó la herida del héroe dulcemente, con aquel mismo arrobo místico con que besar solía el costado sangrante de un Cristo que había en la iglesia, debajo del coro, y Perea sintió su saludable pechazo mojado en lágrimas. Aún charlaron copiosamente: don Higinio empezaba a cansarse; había glosado su invención de diversas maneras y ya no se le ocurrían pormenores nuevos que añadir; la curiosidad de su mujer era insaciable. Al fin recordaron que sería muy tarde. Andando de puntillas doña Emilia se aproximó a la puerta, que entreabrió suavemente. Toda la casa yacía a oscuras y en silencio. Para cerciorarse llamó:
—¡Teresa!...
Y un momento después:
—¡Anselmo!... ¡Vicenta!...