Nadie contestó. Indudablemente todos se habían acostado. Entonces echó la llave del dormitorio y empezó a desnudarse; tenía los ojos brillantes y el rostro encendido; don Higinio la miraba ufano; su mujer, con el deseo, parecía más joven, más linda; aquello era una resurrección nupcial. Ella, que para mudarse de ropa interior había sentido el delicado miramiento de ocultarse detrás de una cortina, se acostó al lado de su esposo y le echó los brazos al cuello.
—¡Higinio de mi alma, Higinio de mi vida!... ¿Ves?... Para que te hubiesen matado. ¡Loco! Dímelo otra vez: ¿es cierto que cuando fuiste a batirte con ese hombre te acordabas de mí?...
Aquella noche en que, tras un dilatado intervalo de fraternal castidad, la antorcha fecunda de himeneo volvió a lucir ardorosamente, doña Emilia, trémula, imaginativa, presa de férvidas y extrañas angustias sexuales, más que con su esposo durmió con la bala del holandés.
A la mañana siguiente, no bien Perea abrió los ojos, su mujer le dijo solemne:
—Anoche, pensando en la muerte, hice una promesa a la que creo no has de oponerte.
Don Higinio, mal despabilado aún, se frotó los párpados:
—¿Qué promesa?
—Oír el primer domingo de cada mes una misa por el descanso de Leopoldina y de su esposo, y vestir durante los años, pocos o muchos, que me queden de vida, el hábito de Nuestra Señora del Carmen.
Perea iba a indignarse:
—¡Qué disparate!... ¡Vestirse ahora de hábito!... Pero ¿por qué has de pagar tú mis locuras?...