—Debo pagarlas —interrumpió doña Emilia sentenciosa—, pues si tú pecas, yo estoy obligada a lavar tu espíritu de culpas y a salvarte conmigo.

Don Higinio se atusaba el bigote nerviosamente; su honradez y las ideas místicas que, aunque asaz olvidadas y disueltas, guardaba desde niño en su corazón, se revolvían contra aquellas consecuencias teológicas de su mentira. Quiso hablar, rojo de cólera; pero su mujer se lo impidió con un gesto grave y fanático.

—¡Es inútil! —exclamó—, no te haré caso; será la primera vez que te desobedezca; pero... no puedo desdecirme: ¡lo he jurado!...

—¿Y tu abrigo, tu magnífico abrigo de pieles, que todavía está intacto?...

—He renunciado a él; puedo llevarlo, pero no quiero; es un lujo y solo la sencillez y la pobreza son gratas a los ojos de Dios. ¿Qué importa? ¡Tonto!... ¿Vale lo mejor de este mundo la salvación eterna?

Fuerza de voluntad necesitó para imponerse aquel sacrificio que hería su vanidad más amada y crecida; pero ya lo hizo, y ahora gozaba de ese alquitarado sosiego interior que el alma experimenta venciéndose a sí misma.

Perea no replicó, y de súbito demostró tranquilidad. Acababa de comprender que el hábito del Carmen que su mujer deseaba vestirse, ponía al servicio de su invención la enorme fuerza de la Iglesia. Además, era algo romántico, bonito...

—¡Psch!... Bueno..., como gustes... —murmuró—; no deseo contradecirte... ¡Si lo has jurado!...

En los días sucesivos el sanguinario misterio de la isla de la Grande Jatte flotó en el ambiente de la casa como un maleficio. Teresita se lo había contado a sus sobrinos y estos, a su vez, lo dijeron a la servidumbre. Nadie, sin embargo, hablaba de ello en voz alta, ni tampoco asunto de tan ingrata recordación aprovechó para discreteo o palique de sobremesa; pero, en cambio, todos lo glosaban secretamente: los criados, en la cocina; los muchachos, en el gabinete de estudio, sentados alrededor de la mesa, bajo el lechoso y quieto resplandor de la lámpara. A Joaquinito le ardían los ojos; Carmen, que ya era una mujercita, y Anselmo, en quien la edad dejó florecer ideas de honor y valentía, experimentaban al ver a su padre una desconocida turbación de cariño y respeto. Era el verdadero cabeza de familia, bueno y temerario a la vez, encanecido en el difícil arte de conocer a los hombres y de luchar con las pasiones. Pocos meses bastaron para que Perea sintiese esta nueva devoción filial que llegaba hasta él semejante a un incienso, como asimismo el dócil rendimiento y total pleitesía que su mujer le profesaba. Doña Emilia era otra: quizás la buena señora fuese más dura que nunca con la gente de escaleras abajo, cual si necesitase absolutamente eliminar aquel malhumor suyo originado por un exceso de actividad hepática; pero con respecto a don Higinio su carácter se había edulcorado, y, sin ella advertirlo tal vez, tratábale con mayor comedimiento y como a dueño, bajando los ojos en su presencia y apagando la voz. Los juicios de Perea eran inapelables: sin él procurarlo, de repente, en su casa no hubo otra voluntad que la suya; sus deseos, aunque los manifestase tibiamente, se cumplían como sentencias. Don Higinio se parecía a Moisés: sus palabras, en poquísimo tiempo, adquirieron la autoridad del Talmud.

El falso héroe de la Grande Jatte estaba asombrado y apenas podía darse cuenta de la vastedad, utilidad doméstica y helénica hermosura de su mentira, y de los pingües beneficios que más adelante pudiese traerle. Muchas mañanas, mientras se vestía, reflexionaba en la absoluta renovación moral producida a su alrededor merced a un sencillo embuste dicho sin pensar; por donde ratificó otra vez su creencia de que poco aprovecha el mérito si no se exterioriza, pues vivimos tan atropelladamente y atención tan exigua dedicamos al examen de nuestros juicios, que raras veces descendemos a su entraña; y así, mayor cuidado debe poner el hombre en aparentar lo que quisiera ser, que en serlo realmente. Como el añil se deshace en el agua, de igual manera la personalidad del individuo va desdibujándose y disolviéndose en la gran superchería del alma colectiva, hasta llegar un instante en que el eco se impone a la voz y la imagen tiene más fuerza que el cuerpo que la proyecta: del hombre solo restará entonces lo que quiera ver la muchedumbre; su conciencia, su voluntad, su historia, todo cuanto de más sustantivo hubo en él, merced a un maravilloso juego de escamoteo moral, se habrá hecho opinión.