A falta de negocios de mayor riesgo, don Higinio Perea se dedicó ardientemente al perfeccionamiento y cautelosa difusión de su falacia. Era un quehacer inocente que le distraía a la vez que, por momentos, iba rodeándole de mejor bienestar. El ambiente lugareño facilitaba su tarea: al principio su embuste había corrido de casa en casa solapadamente, como asustado de su misma gravedad; pero tan pronto fue del dominio público, cuando reaccionó triunfante y apoderándose de don Higinio le aupó y adornó su cabeza con un nimbo glorioso. Perea, que empezó a mentir en la oscuridad de una rebotica, hallose de improviso arrebatado y transportado a la luz por su propia mentira; gracias a la chismosa amistad de todos, su invención habíase convertido para él en clarín, en tambor, en claridad vivísima. ¿Cómo detener aquel movimiento?... Y el héroe, asustado, deslumbrado, sonriendo unas veces, inquieto otras por las proporciones crecientes de su obra, dejose llevar. ¿Acaso puede nadie, ni siquiera el mismo instigador o causante de un movimiento, oponerse después a la inercia arrolladora de la opinión ajena?...

Ciñéndose discretamente a las circunstancias, don Higinio siguió cultivando su fraude, y pasmaba la multiplicidad e inexhausta riqueza de sus frases, expresiones de rostro y ademanes, según los años, condición intelectual y rústica credulidad de las personas a quienes embaucaba. El amante de Leopoldina, ora por gusto, ya por necesidad, porque el ambiente le obligaba a ello, iba dedicando su vida a su mentira, como el artista que aplica todo el esfuerzo de su existencia a una sola y suprema obra de arte; la llevaba en el centro de su conciencia, como base o punto de gravedad de su espíritu, y eran admirables la apretada lógica y la ardiente variedad de recursos que empleaba en su paramento, defensa y custodia.

En los epilépticos, histéricos, embusteros y visionarios, la introspección es defectuosa, y la ciencia advierte discontinuidades en el funcionamiento intelectual, faltas de centralización psíquica, incoherencias de carácter, motivadas por ausencias de coordinación o sistematización entre los dinamismos voluntarios y los pensantes. El cerebro de los neurasténicos, dicen los médicos, hecho está de montañas y de valles. Pero ninguno de tales síntomas rizaban dañinamente el alma equilibrada y burguesa de Perea: él nunca fue embustero; él, casualmente, solo mintió una vez, y aquella mentira, perfectamente fundamentada y dispuesta, pulida y maravillosamente fortificada por los trampantojos arteros del tiempo y de la opinión, llegó a ser una verdadera obra de arte y a tener la compacta reciedumbre de la vida de su propio inventor.

Imponiéndola al crédulo vecindario de Serranillas, Perea realizaba aquel principio estético del poeta Oscar Wilde, para quien no es la Naturaleza, como dice Taine, la que produce el arte, sino este quien, con su pasmosa virtualidad creadora, modifica la Naturaleza y la revela a los hombres. Don Higinio ideó y planeó su mentira, lo mismo que Rembrandt imaginó y concertó su famosa Lección de Anatomía. Y hecho esto, fue simultaneando con su labor admirable y jamás concluida de autor, otra faena no menos artística, pertinaz y sorprendente de comediante, pues de su farsa solo él podía ser intérprete, y la realizaba fríamente, «viéndose» a todas horas para no incurrir en exceso de sinceridad, según los maestros del teatro aconsejan que debe hacerse.

Ni por casualidad se producían en el heroico burlador de la señora Leopoldina aquellos fenómenos —parpadeo, ligero temblor de las fosas nasales, palidez del rostro y de los labios, vacilaciones en la voz— que los médicos consignaron en el cuadro sintomático de la mentira. Había llegado a dominar su invención a fuerza de madurarla y burilarla, y en cualquiera de las síntesis que de ella hacía, la prolija y artificiosa concurrencia de imágenes era instantánea.

En la complicadísima psicología humana todas las expresiones y todos los gestos, según las circunstancias en que se producen, pueden llevarse admirablemente al servicio de la misma mentira: la indignación, el entusiasmo, el rubor, el desdén, la carcajada, los mohines de la reflexión, del arrepentimiento o del honor ofendido; la frase que afirmando miente y el silencio que, precisamente por no decir nada, miente también; los párpados entornándose como para disimular el sobresalto de una traición, y el suspiro o el alzamiento de hombros que pueden aludir al recuerdo de algo dañino que nubla la conciencia; la oración inconclusa, la sonrisa disimulada, el suspiro, la lágrima, el acceso de tos... cada uno de esos millares de inextricables ademanes o matices de pensamiento que llenan una conversación, ¿no constituye otros tantos escondrijos, vericuetos, quebradas, atajos, cuevas y laberintos de la gran selva de la mentira?...

Toda esta extensísima gama de expresiones la pulsaba don Higinio con rara maestría, y, según la calidad de su interlocutor, era ingenuo o malicioso, exagerado o reservón, fatuo o modesto. Al principio y dirigiéndose a individuos de su edad, su conversación y sus ademanes eran vehementes, hiperbólicos, pues siempre tiene lo superlativo algo caliente que deslumbra y arrastra; después modificó su táctica, especialmente si su auditorio lo componía gente joven, inexperta y fácil al engaño; entonces adoptaba un gesto cansino de hombre triste y hastiado, que vivió mucho y siente miedo a sus recuerdos. Y entre ambos extremos, todas las muecas, todas las piruetas, todos los guiños incontables, bufos o tristes, del embuste.

En los momentos de más íntima expansión amistosa, también refería la burleta de madame Berta, sus relaciones con Enriqueta y hasta su desventura del tren, pues todo no había de ser heroico en su vida, y para un hombre capaz, como él, de matar a otro, una bofetada de mujer no tiene importancia.

Perea consagraba su vida a su invención, y en ella su actividad se detenía y de allí sacaba generosos tesoros de distracción y buen humor: ya podía ver la petaca de Cenén, o los zapatos con que anduvo por París y que guardados tenía como reliquia, y oír la pianola del notario, o la motocicleta de don Justo latiendo como un corazón a lo largo de los caminos, que nada conseguiría entristecerle; su engaño bastaba a su alegría, y lo defendía y propagaba cual si en él su destino se hubiese hecho carne. Nada le fatigaba; una y dos y muchas veces refería sus aventuras de París, y siempre hacíalo con habilidad suave y ladina o con invasor entusiasmo; aquella invención, tantas veces repetida, era como un libro maestro cuyo autor fuese leyéndolo de casa en casa.

Un domingo muy de mañana estaba don Higinio desayunándose cuando aparecieron en el comedor doña Emilia y su hermana vestidas con flamantes hábitos de nuestra Señora del Carmen. Viendo a su cuñada quedose suspenso y sin mascar el picatoste, mojado en chocolate, que acababa de meterse en la boca. Teresita se ruborizó; también ella, la pobre doncellona, en quien el miedo instintivo a los hombres sanguinarios y violadores crecía con los años, hizo voto de vestir así toda su vida. Perea dio un puñetazo sobre la mesa.