—Pero, ¿es que habéis adelantado el Carnaval? ¿Qué dirá el pueblo? ¿No comprendéis que van a burlarse de vosotras?...
Las hallaba más pequeñas y redondas con aquellos trajes de estameña parda sin otro adorno que un cinturón, sus cabellos partidos devotamente sobre la frente, sus manos cruzadas a la altura del vientre y sosteniendo un rosario y un libro de oraciones. Tras una pausa la misma ingenuidad primitiva de las dos figuras aplacó la cólera de don Higinio, quien se alzó de hombros, contuvo una sonrisa y siguió comiendo. Realmente, a él nada de aquello debía importarle.
—¡Allá vosotras! —exclamó—. ¡Por mí!... todo eso son pesetas que me ahorro de dar a la modista...
La entrada de doña Emilia y de Teresita en la iglesia causó una impresión que no tardó en divulgarse por todos los ámbitos de Serranillas; el mismo don Tomás, que en tal momento subía al púlpito apoyándose en su bastón de muletilla, no pudo abstenerse de mirarlas. ¿A qué poderoso motivo obedecería aquel severo cambio de indumentaria?... Durante la tarde la noticia, reverdecida y comentada prolijamente, revoló de tertulia en tertulia. Nadie comprendía aquella explosión de misticismo, y menos en doña Emilia, que siempre fue aficionada a vestir bien. ¿Qué haría entonces de los trajes, uno de pañete azul y otro de seda color gris, que últimamente recibió de Ciudad Real?... Y el magnífico abrigo que su marido la compró en París y aún estaba nuevecito, ¿seguiría usándolo?... Un hábito tan triste como el de Nuestra Señora del Carmen solo se ofrece a propósito de un viaje a Ultramar o en acción de gracias al cielo por habernos liberado de alguna terrible enfermedad o extremado accidente. Pero a los Perea nada ostensiblemente adverso les había ocurrido; su desgracia, por tanto, suponiendo que hubiesen padecido alguna, constituía algo íntimo, enigmático, cuyo misterio exasperaba duramente la curiosidad general. Hubo quien aseguró que doña Emilia había ofrecido vestir así porque, a pesar de sus años, deseaba tener otro hijo...
Para regocijo y sosiego del vecindario no tardó en saberse la verdad, que doña Emilia y Teresita descubrieron a la señora de Hernández, y esta, a su vez, reveló a sus amigas. La mujer y la cuñada de Perea habían hecho formal promesa de llevar mientras viviesen el hábito del Carmen, porque eran católicas ejemplares y querían desagraviar a Dios de lo mucho que don Higinio le ofendió el tiempo que estuvo en París; lavar en lo posible su alma de los terribles pecados que la manchaban, y pedir la salvación del holandés y de la italiana del hotel de los Alpes, los cuales, tanto por su lamentable fin como por el olor de protestantismo en que vivieron, debían de hallarse en el otro mundo bastante mal mirados. Y apenas el pueblo supo esto, cuando los juicios más halagüeños descendieron, como lluvia de bendición, sobre las dos hermanas. A don Higinio, como a todos los pícaros, le sobraba la suerte. ¿Quién, si no él, después de lo hecho, dispondría para la asistencia y redención de su alma de dos mujeres tan buenas, humildes y gratas a los ojos del Creador, como su esposa y su cuñada?...
El mismo don Tomás, que conocía las torcidas andanzas del héroe, se sintió conmovido y le señaló la oportunidad de aligerar un poco ante el confesionario la grave carga de sus culpas.
—No tenga usted miedo en venir a mí —había dicho el cura—; no olvide que la misericordia de Nuestro Señor es tan grande que alcanzó a San Pablo. Conviene, sin embargo, no ofenderle con nuestro desdén: yo estoy cierto de que a los divinos ojos ha de ser más agradable la confesión que hacemos libremente y en estado de plena salud, que aquella arrancada a última hora a nuestro orgullo por el miedo a la muerte.
A las sentadas razones de su amigo, don Higinio contestó bromeando: él había viajado y leído bastante y tenía «sus ideas»; y aunque sus entrañas eran tan mansas y católicas como las de su padre y su abuelo, no podía sustraerse en absoluto al espíritu descreído del siglo. Reía y le daba a Murillo irónicos golpecitos en la espalda.
—¡Y, sobre todo, amigo don Tomás!... ¡Caramba!... No tome usted la cuestión tan a pecho; ¡yo, francamente, no pienso morirme todavía!...
Desde que en Serranillas empezó a susurrarse el novelesco empeño de galantería y bravura sostenido por don Higinio en París, la opinión había evolucionado muchas veces alrededor del héroe de la Grande Jatte, y tan pronto le acusaba del doble delito de adulterio y homicidio, como reaccionaba bondadosamente hallando en sus mismas bizarría y fortuna disculpa para su falta. De algo de esto estaba informado Perea, mas nunca hubiese llegado a maliciar los extraordinarios apasionamientos que su figura sugería. Una noche, por causa suya, en la taberna de Tocinico, dos mineros anduvieron a bofetadas, y de entusiasmo semejante participaban todos. Para la minoría sensata, don Higinio era una mala persona: nadie debe poner los ojos en la mujer del vecino, por muy fácil, libre y hermosa que parezca, y menos a la edad y en la situación de Perea, casado y con hijos. ¡Lástima de bala que le traspasó sin apenas dañarle!... Hubiérale entrado un poco más arriba y a la izquierda, allí donde late el corazón, y no se hubiese perdido nada. Contra este juicio severísimo alzábase el parecer de la mayoría, especialmente el de las mujeres, retardatarias y crueles. Don Higinio, al verse solicitado por la italiana del hotel de los Alpes, aceptó la aventura como cualquier hombre, colocado en su situación, habría hecho. Si el holandés no llega a enterarse del engaño, el lance no acarrea consecuencias peores; pero lo supo, buscó a su rival, le desafió, y este, matándole, se limitó a cumplir con el natural instinto de conservación. Nada hizo el valeroso Perea que le arrebatase la estimación de sus conterráneos; antes se comportó bizarramente, según todo caballero debe conducirse, tanto si alguna dama bella y levantada de cascos le persigue, como si un hombre, aunque sea esposo ofendido, le reta y provoca. Don Higinio había observado en el transcurso de aquel lamentable enredo una actitud enérgica, pero pasiva: él no anduvo enamorando a la italiana ni buscó camorra al holandés; muy al contrario, fue él quien, por artes dañinas del diablo hallose seducido primero y amenazado de muerte después. En ambos casos, así cuando galán aceptó las caricias, como cuando luego, fieramente, rechazó el peligro, ¿no se mantuvo dentro de los límites de lo estrictamente humano? Cierto que pudo decir a Leopoldina: «Señora, déjeme usted en paz; usted pertenece a su marido y no debe pensar en otro hombre...». Con cuyo saludable consejo el drama de la Grande Jatte no hubiese ocurrido. Mas ¿cómo pedir a don Higinio, joven todavía y aventurero, la reflexión severa y la templanza eremítica de que solo varones contadísimos fueron capaces?...