Esta cuestión, llevada y traída de boca en boca largo tiempo, se anticuó; los cinco o seis años que pasaron lentos sobre ella la infundieron cierto prestigio; era algo que por razones diversas hallábase ligado a muchas personas y pertenecía a la historia de Serranillas. La mentira de Perea, fortalecida por el tiempo y la opinión, se convirtió en realidad, en hecho inconcuso y sabidísimo. Para sus contemporáneos, don Higinio había sido una mala cabeza, un verdadero hombre de historia, de cuya agitada vida íntima solo se conocía lo que él buenamente quiso contar; para los jóvenes, don Higinio, a pesar de su figura maciza y grotesca, era «Don Juan»; la leyenda que pasa embozada en una capa roja y con ruido de espuelas; y todos, reservándose el derecho de imitarle alguna vez, se envanecían de que Serranillas hubiese servido de cuna a un temperamento así.
Con el ilusionista filar del tiempo, el drama de amor comenzado en el hotel de los Alpes y desenlazado a tiros y cuchilladas en una isla del Sena, iba perdiendo sus contornos primitivos: se emborronaron muchos detalles, algunos pormenores quedaron preteridos y fueron reemplazados por otros que añadía la suelta imaginación de los comentaristas; y al cabo de todo aquello solo quedó flotando en el ambiente un perfume de aventura, un aroma romántico que era la síntesis del vario y esforzado vivir de don Higinio. Como de muchos insignes autores clásicos a quienes el vulgo cita, pondera y no conoce, así de la historia de Perea subsistía únicamente, semejante a una estela, una fragancia de amores y de arriesgados empeños. Ya nadie le discutía, y la cristiana promesa que su mujer y su cuñada hicieron de vestir siempre de hábito añadió nuevas hojas de mirto y de laurel a la recia corona de sus prestigios. A través de los años, su mentira, galana y audaz como un gesto del caballero Casanova, repetía la vida perdurable y esclarecida de las obras de arte. Los hombres le respetaban y si hablaban de amores recurrían a su experiencia; muchas mujeres detenían en él una mirada sentimental; en la calle los mozos le saludaban como a maestro y le cedían la acera.
Una tarde, al salir del Casino, el sobrino de Arribas le saludó; don Higinio, que le quería bien, se alegró de verle.
—¿Dónde te metes, muchacho? A tu tío le he preguntado muchas veces por ti.
Diego suspiró; vestía pobretonamente y bajo su sombrerito hongo su rostro aparecía más lacio, desanimado y amarillo que nunca.
—Desgracias que le suceden a los hombres, señor Perea —repuso.
—¿Desgracias?... Cuéntame. Yo voy hacia mi casa; puedes acompañarme si no tienes que hacer.
—Con mucho gusto...
Caminaron lentamente por las calles solitarias llenas de bruma. Don Higinio, importante, egoísta y gordiflón, ocupaba la acera; Diego iba por el regajo, tropezando unas veces, resbalando otras sobre las piedras húmedas; indudablemente, las viejas botas que calzaba no eran suyas y le torturaban los pies. Mientras seguía hablando, un deseo punzante de confesión exaltaba su alma solitaria, acosada y despedida de todas partes por la opinión del pueblo: él no era pícaro ni tonto, pero acabaría en tonto y en pícaro, porque la gente se había empeñado en decirlo, y cada cual es lo que sus semejantes le permiten ser...
A estas discretas meditaciones, Perea respondía con graves movimientos afirmativos de cabeza. La situación moral de su interlocutor se parecía extraordinariamente a la suya: su heroísmo, como las malas artes del pobre Diego, eran arbitrariedades fatales, incorregibles, de la opinión.