—Es cierto que me gusta jugar —prosiguió Diego— y que pierdo casi siempre. Pero sea usted imparcial, don Higinio de mi alma, y dígame lo que su buen criterio le aconseje: ¿Cree usted que merece perdón de Dios lo que la familia de mi mujer hace conmigo?...
Sus labios se plegaron hacia abajo y sus ojos azules y pacíficos se afligieron tanto que Perea pensó que Diego iba a echarse a llorar. Verdaderamente, al pobre le sobraban razones para desesperarse. De nada le valía ser casado y padre de dos criaturas: su suegro le había echado a la calle casi a pescozones y recogido a su hija y a sus nietos; para mayor desdicha, su mujer no quería saber de él; ¡ni siquiera le permitían ver a sus hijos!...
—¡Este día cuatro hará dos meses que no les doy un beso! ¡¡Dos meses!!...
Su pena rompió en llanto amarguísimo, y como iba aturdido tropezó y metió un pie en un charco de agua. Perea tuvo clemencia de él y cogiéndole de un brazo le ayudó a subir a la acera. Diego se lo agradeció:
—Muchas gracias, don Higinio... Déjeme usted... Si yo lo que debía hacer era morirme...
Prosiguió desahogándose:
—¡No soy tan malo, no, señor... no soy tan malo, ni tan sandio, ni tan inútil!... ¡Es que la gente lo dice!... Julio Cenén, por ejemplo, ¿no es peor que yo? Él juega, bebe y tiene queridas... Y, sin embargo, su mujer se aguanta. ¿Por qué no se conforma la mía?... Pero las tres o cuatro veces que me han dejado hablar con ella me ha dicho: «Yo no vivo con un pillete». Eso lo ha aprendido de su padre, porque a ella no se le ocurre, ella es buena. Y mi suegro, el día en que me echó a la calle, me decía: «¿Tú crees que voy a darle mi hija a un granuja?». Y yo, don Higinio, ¿qué hago? ¡Aquí tiene usted un hombre de veintiocho años perdido!... Mi madre, la pobre, ya sabe usted, ¡gracias que pueda ir saliendo adelante con la cacharrería!... Allí duermo y es bastante. Y en mi tío no hay que pensar. Cuando fui a contarle mis desgracias se encogió de hombros: «Todo eso —me dijo— te sucede por pillo y por tonto...». ¿Qué le parece a usted el consuelo?... Y no puedo reñir con él porque perdería los cinco reales que gano en la notaría. ¿Y eso?... ¡Darme cinco reales con los miles de duros que tiene!... Y así estoy: sin ganas de vestirme ni de ir a ninguna parte...
Hubo un largo silencio; la respiración anhelante de Diego era la del hombre que acaba de quitarse de encima un gran peso; don Higinio parecía meditar. Al cabo, el héroe de la Grande Jatte, insinuó una protesta.
—¿Y tu suegro hasta cuándo se propone mantener esa actitud? Él no tiene derecho a despedirte como a criado; máxime que no es de su casa, sino de la tuya propia, de tu casa de marido y de padre, de donde te echa. La ley te ampara; todos los derechos más inviolables están de tu parte; tu mujer te debe obediencia absoluta, y si tú sabes amarrarte bien los pantalones tu suegro tendrá que callarse.
Diego hizo un mohín de duda.