—Mi suegro no es que me aborrezca, precisamente; pero me ha dicho: «Hasta que yo no sepa que has dejado los naipes y que ganas lo necesario para sostener a tu familia, no te presentes por aquí». ¿Usted comprende?... En el fondo tiene razón; yo de todo me doy cuenta. Y con mi suegro no se puede jugar; yo voy diciéndole que si el código..., y que si la ley..., y que si no me devuelve a mi mujer y a mis hijos voy a llevarle a los tribunales... y me da un puñetazo que... Vamos..., ¡hay que conocerle!...
Esta confesión cobarde inflamó la belicosa sangre de don Higinio.
—Entonces —gritó con voz tonante—, no te quejes a nadie; en la vida, lo que no puede conseguirse con buenas razones se obtiene a puñaladas. ¡Ya lo sabes!...
Se detuvo porque habían llegado a su casa. Las mejillas del amante de Leopoldina echaban fuego; parecía defender algo suyo y su gesto era magnánimo y valiente. Se arregló la corbata, se estiró los puños de la camisa...
—¡Bah! —añadió—. Si a mí me hacen la mitad..., ¡fíjate bien!, nada más que la mitad de lo que te han hecho a ti..., ¡arde el pueblo!...
El pobre Diego bajó los ojos, empavorecido ante el ademán matasiete y las furibundas voces de Perea:
—Don Higinio, usted... ya sabemos quién es usted y de lo mucho que es capaz...; pero todos no somos iguales...
Perea, muy excitado, le interrumpió:
—¡Te digo que arde el pueblo, hombre; y arde la iglesia... y la provincia!... ¡Lo juro!....
Y poniendo los dedos índice y pulgar de su mano derecha en cruz los besó vehemente. En seguida se despidieron.