—Adiós, Dieguito; si algo se te ofrece, ya sabes...
—Adiós, don Higinio... y muchas gracias...
El sobrino del notario siguió calle abajo, asombrado de la fiereza y sanguinarios procedimientos de Perea, y don Higinio entró en su casa taconeando. Su mujer, que había estado atisbándole por una ventana, le preguntó:
—¿Ese que hablaba contigo es Diego, el sobrino de Arribas?
—El mismo.
—¿Qué quería?
—Nada; venía contándome que su suegro le ha quitado su mujer y sus hijas, y le ha echado a la calle. ¡Y él, tan manso!
—¡Como que es tonto! —replicó doña Emilia.
En el comedor saludó a doña Lucía; la esposa del médico cenaba con ellos, porque don Gregorio había ido a Almodóvar y no regresaría hasta la mañana siguiente. La señora de Hernández estaba hermosa, y sobre la blancura almendrada de sus dientes, un poco grandes, los labios húmedos, gruesecillos y rojos, tenían mohines provocativos. Perea ocupó la cabecera de la mesa, entre ella y doña Emilia; al otro lado se instalaron Teresita, Carmen, Anselmo y Joaquín. Se habló de Dieguito y don Higinio repitió detalladamente cuanto el malpocado sobrino de Arribas le había dicho. Las mujeres reían implacables. Don Higinio, casi sin intervalo, se bebió dos grandes vasos de vino: experimentaba un buen humor, conversador y rudo, del que doña Lucía, especialmente, participaba en gran manera; un regocijo que le producía el deseo de algo raro, imprevisto. ¡El pobre Dieguito!...
—Yo le he dicho —exclamó clavando su tenedor en una perdiz— que le corte la cabeza a su suegro y la envíe a Ciudad Real para que hagan de ella una sopera...