Los muchachos reían a carcajadas. Doña Emilia se persignó, exagerando el espanto que la feroz ocurrencia de su marido la producía.
—¡Calla, hijo, calla!... Tú, sí, serías capaz de eso y de mucho más...
Y doña Lucía ratificó:
—¡Ya lo creo!...
Desde hacía mucho tiempo la señora de Hernández mostraba hacia su amigo una inclinación alarmante, y aquella noche no perdía ocasión de fijar en él sus encandilados ojos; pero con insistencia voluptuosa tan manifiesta, que el bizarro manchego se reconoció comprometido por aquellas insinuaciones, cuyo pecaminoso alcance su hidalguía se negaba a comprender. ¿Era posible?... Y acordándose de la rancia amistad que le unía al médico y de que doña Lucía y doña Emilia tenían, años más o menos, la misma edad, sintió frío en la espalda. ¿Pero es que las mujeres, aunque vayan siendo viejas y estén cargadas de hijos, nunca acaban de decirle adiós a la traición?... Inconsciente, acaso contra todo el honrado propósito de su voluntad, buscó bajo la mesa los pies de doña Lucía con los suyos. El perverso contacto se produjo tímido al principio, resuelto y de regaladísima dulcedumbre después. La señora de Hernández, lejos de esquivar los rústicos zapatones del héroe, parecía buscarlos, y su presión la llenaba de sangre las mejillas. Don Higinio reía, charlaba a tente bonete; llegó a ponerse fuera de sí. Su mujer le llamó la atención.
—¡Pareces loco!... Fíjate en lo que haces... no vayas a echarle sal al café...
A las nueve y media doña Lucía se levantó para marcharse. Don Higinio quiso acompañarla, solícito y galán; pero ella rehusó el ofrecimiento: no quería que nadie se molestase, su casa estaba a dos pasos de allí. Perea quedose con tal negativa un poco amohinado. ¿Habría oprimido con excesiva fuerza los pies de su amiga? Lo que su presunción juzgó amor, ¿no sería afecto tolerante de hermana?... Esto meditaba su inocencia, mientras sus dedos distraídos amasaban una miga de pan. La señora de Hernández, por su parte, también se marchó triste: deseaba a Perea: empezó a desearle apenas conoció su valor y su buena suerte con las damas; era una pasión novelesca que inopinadamente la hirió en el otoño de su vida y la arrancó muchas lágrimas secretas y crueles. Pero al mismo tiempo que se finaba por él, le tenía miedo, y así no consintió que la acompañase, pues la reputación de las mujeres antes pierde que gana con la sociedad de hombres mal afamados y libertinos.
A la mañana siguiente estaba Perea concluyendo de vestirse cuando le anunciaron que un individuo deseaba verle. Detrás de la criada, portadora del recado, apareció doña Emilia, demudado el rostro y con mucho sobresalto en los ademanes y en los ojos.
—Es un tipo —dijo— que no me gusta: parece esconder algo; yo le he visto en alguna parte, pero no sé quién es. ¿Qué le digo?...
Don Higinio vaciló; una aventura real llegaba a él y, sin razón, tuvo miedo. Pero tampoco había motivos para esconderse, y, además, su leyenda de bravo le prohibía ser débil. Tosió, se estiró los puños de la camisa y el chaleco, como hacía siempre que adoptaba una resolución importante; dirigió una mirada hacia el cajón de la mesa donde tenía el revólver...