—Bueno —dijo ahuecando un poco la voz—, decidle a ese hombre que pase y dejadme solo con él.

Obedecieron las dos mujeres y transcurridos pocos momentos apareció el desconocido. Era un individuo cuarentón, seco y alto y de color terroso. Vestía chaqueta y calzones de paño pardo que le llegaban a las corvas, según clásica usanza de la gente rústica de ambas Castillas; medias y alpargatas blancas, y faja de lana azul; llevaba el ancho sombrero campesino en la mano, y cubría su cabeza, de cabellos grises cortados al rape, un pañuelo negro anudado atrás. Bajo la frente deprimida, en el misterio del rostro anguloso y afeitado, los ojos pequeños y cenizos miraban oblicuamente.

—Buenos días, don Higinio, y usted disimule que así, tan de mañana, venga a molestarle...

—Buenos días.

El payo parecía cohibido; pero, aunque no levantaba la cabeza, sus pupilas astutas giraban de un sitio a otro escrutándolo todo. Su mirar traidor desazonó a Perea. ¿Qué buscaba aquel hombre? Don Higinio recordó su mentira. «Debe de ser un valiente —pensó— cuando, sabiendo quien yo soy, se atreve de este modo a acercarse a mí». Luego, en alta voz:

—Bien, dígame qué desea, porque yo tengo que hacer; iba a salir.

—¿A la mina quizás?... Pues entonces, si usted lo permite, yo le acompañaré...

—No; prefiero que hablemos aquí.

Serenada la primera vibración de sus nervios, había recobrado el dominio de sí mismo y observaba a su interlocutor frente a frente.

—Yo lo decía —replicó el rústico dando vueltas a su sombrero— porque, vamos..., parece que los hombres, cuando estamos solos..., ¿usted me comprende?..., los hombres, cuando estamos solos, hablamos mejor...