—Solos estamos; ahora usted sabrá si tiene, efectivamente, algo que decirme.
Se dirigió al armario, lo abrió y cogió su revólver, que se guardó en una faltriquera con estudiada lentitud, significando así al intruso que desconfiaba de él y estaba apercibido a rechazar una agresión. Por el semblante cobreño del desconocido pasó una sombra. La inesperada gallardía de Perea le había desconcertado; destosió, se rascó la cabeza. De pronto cobró arrestos nuevos.
—Es el caso que yo necesitaba dos mil reales. Usted no me conoce; pero yo le conozco a usted..., yo sé muy bien quién es usted..., y me dije: «Pues nadie mejor que don Higinio Perea puede dártelos».
La proposición era tan extraordinaria, que a don Higinio le dieron ganas de reír.
—¡Caramba!... Conque dos mil reales, ¿eh?... Necesita usted dos mil reales y viene a pedírmelos. ¡Muy bien, muy bonito, muy cómodo!... ¿Y por qué cree usted que así, sin más ni más, voy a darle dos mil reales?...
Lanzó una carcajada y de súbito se quedó serio. La osadía y desvergüenza inauditas del payo volvían a irritarle.
—Pues me parece —agregó—, me parece... que va usted a marcharse sin ellos. ¡Valiente frescura! ¡Meterse de ese modo en las casas a pedir dinero!...
El intruso miraba a don Higinio tranquilamente y muy sobre sí; en sus ojuelos cenicientos ardía una llama de cólera contenida; sin duda no era tan páparo como simulaban sus montaraces apariencias. Replicó irónico y cazurro:
—Si empieza usted a amontonarse tan pronto no vamos a entendernos.
El héroe de la Grande Jatte pensaba soñar; la calma de su interlocutor le enardecía.