—Pero si no tenemos para qué entendernos; usted me pide quinientas pesetas, ¿no es así? Yo digo que no puedo dárselas, y basta: la conversación ha concluido.

—Está usted equivocado.

—¿Sí?... ¡Hombre!... ¿Estoy equivocado?

—Sí, señor; ya supondrá usted, que yo no vengo aquí por gusto o, como suele decirse, a humo de pajas. Yo sé de usted una historia que, francamente, no le hace a usted favor ninguno; una historia mala que todo Serranillas conoce...

—¿Una historia? —repitió don Higinio—. ¿Qué historia es esa?...

Estaba trémulo; sus manos se habían quedado frías. Su único pensamiento fue: «Emilia me ha engañado y vienen a decírmelo». Inconscientemente se acordaba de doña Lucía. Después su espíritu pareció quedarse rígido, sin una vibración, sin una idea. Volvió a pensar: «Emilia me ha engañado». Ni por asomo se le ocurrió que a lo que el desconocido aludía era a su aventura del hotel de los Alpes.

—Sí, señor —continuó el labriego—; yo sé que usted hace años mató en París a un hombre.

Los ojos azules de don Higinio parpadearon, cual si ante ellos acabara de inflamarse una gran luz. Empezaba a comprender y una inefable alegría bañó su corazón. Instantes nada más tardó en reponerse, y de nuevo halló su máscara y sus ademanes estupendos de histrión.

—Bueno —repuso sombrío, como si el más negro y venenoso de los remordimientos acabase de resurgir en él—, es cierto, he matado a un hombre, pero fue noblemente y en defensa propia; ¿qué hay?...

Hablaba levantando la voz, porque le pareció haber sentido ruido en la habitación inmediata y supuso que fuese doña Emilia.