—Yo no digo cómo sucedió la reyerta —repuso el patán—; lo cierto es que usted ha matado a un hombre..., y el crimen ha quedado así..., como otros muchos...

—¿Qué más?...

El desconocido sonrió:

—¿Cómo, qué más?... Al buen entendedor... Que a usted no le gustaría andar en dimes y diretes con la justicia, y que yo conozco el secreto de usted... y que necesito dos mil reales...

Perea sintió que la ira le cegaba. ¿No había en toda aquella escena demasiada ridiculez?... Solemne, olímpico, extendió un brazo.

—¡Salga usted de aquí!

Y como el otro le mirase impávido, repitió añadiendo a su orden el insulto:

—¡Salga usted de aquí, ladrón!...

Su interlocutor no se movía:

—Cuidado con la lengua, don Higinio; cuidadito con la lengua, porque le puede a usted pesar...