—¿A mí? —gritó Perea—. ¿A mí? ¿Amenazas a mí?...

Apretó los puños; iba a abalanzarse sobre el canalla. En tan dramático momento apareció doña Emilia; la excelente señora lo había oído todo. Al entrar en la habitación lo hizo tan violentamente que derribó una silla, lo que dio al cuadro cierto efectismo teatral. Corrió hacia don Higinio y le abrazó frenética, cubriéndole con su cuerpo.

—¡Quieto! —gritó—. ¡Por mí, por tus hijos!...

Luego, dignamente, fríamente, volviéndose hacia el desconocido:

—Yo, de mis ahorros, le daré los dos mil reales que necesita. Váyase tranquilo y vuelva por ellos esta tarde.

Y como el rústico vacilase, añadió:

—Se lo dice a usted una señora.

Perea no replicó: comprendía que su mentira le obligaba a callar. Cuando el rústico se marchó, doña Emilia rompió a llorar convulsivamente; sin embargo, era feliz: estaba cierta de haber librado a su esposo de un enorme peligro.

IX

Al salir de misa, doña Emilia y su hermana fueron a la botica a comprar un frasco de citrato de litina con que purgar a Carmen. Hallaron la farmacia sola. La señora de Perea golpeó en un batintín, colocado como pisapapeles sobre el mostrador. A su llamamiento, desde muy lejos, la voz de doña Benita respondió: