—¡Va en seguida!...
La botica, pequeña y con suelo de ladrillo, estaba llena de sol. Sobre el papel rojo oscuro que revestía las paredes y servía de fondo a las anaquelerías, frascos de porcelana blanca, altos y cilíndricos, muy distanciados unos de otros para la mejor ornamentación, mostraban sus panzas bienhechoras, donde dormían los gérmenes de la salud. En cada uno, escrito a mano, se leía un nombre: acetato de plomo, sulfato cíncico, polvo de nuez vómica, ácido bórico, polvo de genciana, crémor tártaro... Completaban el decorado cuatro sillas de yute, un reloj, dos bustos en escayola: uno de Hipócrates, otro de Galeno.
Apareció doña Benita, pequeña, servicial, con esa palidez de las personas que viven encerradas. Las tres mujeres se besaron; la esposa de don Cándido buscó el citrato de litina en un cajón.
—¿Tenéis algún enfermo?
—No; Carmen, únicamente, desde hace días sufre del estómago. Yo lo achaco a la fruta...
Doña Benita preguntó por Perea.
—Ayer tarde mi marido y yo le vimos cruzar por aquí acompañado de Cenén; iba hablando y parecía muy irritado. Decía: «¡No puede ser; eso no puede ser!...». Nosotros no oímos más; pero como Cenén es así y tu marido..., en fin... ¿Me explico?...
Doña Emilia repuso absorta:
—Sí, hija, demasiado; con un hombre como el mío no hay tranquilidad posible.
—Pues, por eso. A mí, francamente, su modo de hablar me llamó la atención. «Algo grave le sucede», pensé.