—¿Hacia dónde iban?
—No sé; ellos venían de ahí, de la izquierda...
Los hábitos de las dos hermanas y el semblante bondadoso de doña Benita, rimaban extrañamente con el ambiente evocativo de dolores de la farmacia. Doña Emilia añadió desahogándose:
—Higinio está muy acabado. El pobre sufre mucho; yo lo conozco, aunque él nada me dice. La conciencia no le deja vivir; se acuerda, ya sabéis... Ese remordimiento le mata. Aquí puedo decirlo: por las noches, apenas se acuesta, empieza a suspirar; pero cuando llega el dos de enero, aniversario de su desafío, suspira de tal modo y empieza a decir unas palabras tan raras en francés que no me deja dormir.
Al salir de la botica, doña Emilia y Teresita, cogidas del brazo, caminaron hacia su casa por la acera del sol. Tenían deseos de hablar; se hallaban en uno de esos momentos de íntima expansión en que los secretos se dicen.
—¡París, maldito París! —mascullaba doña Emilia—. ¡Y pensar que fui yo quien le animó a realizar ese viaje!...
Las palabras de doña Benita volvían misteriosas a su espíritu.
—¿De qué hablarían él y Cenén, hermana?...
Teresa afirmó:
—De nada grato a Dios, seguramente.