—Eso creo también. Tu cuñado se cae de bueno, pero como no sabe ponerle a nadie mala cara...

Mientras don Higinio Perea fue un hombre oscuro, ninguno de los capítulos de su historia llamó particularmente la atención colectiva. Su conducta parecía transparente. El público conocía su bondad, la sencillez de sus costumbres, su amor al orden. Hubiera cometido una grave calaverada, y sus amigos se habrían alzado de hombros indulgentes y echado sobre su error la misericordia del silencio. Pero apenas se divulgó su vida íntima y el pueblo hubo noticia de la fiera alebrada bajo la superficial mansedumbre de aquel hombre gordo, aficionado a la pesca y al dominó, cuando todos sus actos y palabras adquirieron resonancias orquestales: su figura se agigantó, su voz siempre tenía eco y bajo sus pies la tierra parecía resonar como un tambor. El vecindario de Serranillas en masa habíase convertido en espía y comentarista de su prohombre más ilustre; cuanto a él concernía llamaba la atención. Si le veían transitar dos veces seguidas por alguna calle solitaria, el público lo murmuraba y la noticia no tardaba en llegar al Casino y luego a oídos de doña Emilia. La bondadosa señora, desde que se supo unida a un héroe, no disfrutaba instante de reposo. Además, don Higinio persistía en la intranquilizadora costumbre de salir de noche. Ella no le seguía; pero le espiaba desde lejos y las noticias que por diferentes conductos recibía sobraban a mantener su alerta. Frecuentemente no podía reprimir su curiosidad y le interrogaba:

—Ayer estabas mirando un escaparate en la calle Peninsular, ¿dónde ibas?

Y otras veces:

—¿A quién escribiste esta mañana?

Perea se asombraba:

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te han visto echar una carta en el buzón de Correos.

Él, que nada tenía que ocultar, reíase interiormente, satisfecho de aquel espionaje y maravillado de que en una conducta lisa y diáfana como la suya la opinión viese tantas sombras; él lanzó su mentira, y esta, robustecida por la fantasía patrañera, la maledicencia y la desocupación de todos, semejante a las bolas de nieve, más crecía cuanto más rodaba. Era un caso modelo de inercia.

Don Higinio ya no mentía; ¿para qué, si todo un pueblo mentía por él?... Y de este modo, inventando los demás y enardeciendo él con actitudes ambagiosas y palabras ladinas aquellas fantasías, el vulgo diose a escudriñar las páginas más antiguas y olvidadas de su historia, y de tal examen la malévola imaginación de los glosistas dedujo y sacó en limpio que el héroe de la Grande Jatte tenía un hijo natural de dieciséis a dieciocho años, habido de una mujer llamada Indalecia, cuya liviandad de condición y hermosura de carnes era notorio que dieron a los buenos mozos de su tiempo ratos muy agradables.