Cuando esta descabellada noticia llegó a presencia y conocimiento de don Higinio, ya todo Serranillas la sabía. El primer movimiento de Perea fue de asombro. ¡Un bastardo de dieciocho años!... Luego se indignó; ¿qué diría su mujer, que pensarían sus hijos verdaderos de aquel nuevo hermano?... Por lo mismo, su protesta tuvo tanta energía y vibró con acentos tales de sinceridad, que a punto estuvo de arruinar allí mismo la flamante invención. Pero en seguida mudó de parecer: él, más que un mentiroso activo, era un inspector de cuantos rasgos imaginarios le atribuían los demás, y en asuntos de esta índole su conciencia embelequera propendía resueltamente a la tolerancia. Doña Emilia, que tanto amaba a los niños, nada podía recriminarle; si acaso le afearía el abandono en que siempre tuvo al espurio, pues si no ante la ley, a los ojos de Dios tan hijos nuestros son los morganáticos como los legítimos. Don Higinio se frotó las manos placentero; aquellas inocentes farsas con que la casualidad iba amenizándole el tedio de sus días devanábanse magistralmente, dirigidas y llevadas hacia su desenlace por el genio teatral de la opinión. Él nada necesitaba hacer, si no era sonreír unas veces, amustiarse otras, mover la cabeza, suspirar y mirar al suelo como quien sabe muchos secretos golosos y no quiere decirlos. Indudablemente su posición abonanzaba y era por momentos más interesante y airosa. Si su padre y su abuelo y todos los Perea dejaron tras sí una memorable impresión de bondad, él estaba cierto de pasar a los tiempos futuros orlado de aquel nimbo de seducción y heroísmo que tanto, desde niño, le había lisonjeado; tendría su leyenda, su inmortalidad; se hablaría de él como de un señor feudal, terrible con los hombres, rendido, seductor y generoso con las damas, y ante su retrato las vírgenes soñadoras se pondrían tristes...

Conforme a esta idea maduró su plan: él nunca reconocería que Gasparito, el muchacho de la señora Indalecia, era suyo; pero permitiría que lo dijesen los demás. De la opinión de sus hijos no se curaba. Llevar al matrimonio y aun engendrar después de casado un bastardo, o dos, o cinco... ¿qué importa? ¿Acaso los Papas y los Reyes, obligados por su alta jerarquía a servir de ejemplo a los pueblos, no les tuvieron a docenas?...

Claro es que en tal asunto la fantasía lugareña no lo había inventado todo; algo antiguo mediaba, efectivamente, entre Perea y la señora Indalecia; pero fueron relaciones superficiales y de limpia amistad, nacidas de la ancha condescendencia que aquel tuvo de asistir a Gasparito en la pila del bautismo.

Los orígenes de su mesalianza remontábanse a muy atrás. Indalecia había servido de doncella en casa de don Higinio cuando este era pequeño y aún vivían don Salvador y doña Pastora; contaba seis o siete años más que él, lo que entre niños es bastante, y así le trataba como a hijo y reiteradas veces le sentó sobre su regazo para dormirle, o bien le desnudaba y metía en la cama, y los domingos, cogido de la mano, le llevaba a misa. Un día Indalecia, jugando, tropezó con una consola y rompió varios cachivaches de gran mérito, y doña Pastora, que tenía la musculatura varonil y el carácter violento, se descalzó una zapatilla, derribó a la muchacha en el suelo y levantándola la camisa la azotó hasta cansarse. Indalecia, a la sazón, había cumplido dieciséis años, y don Higinio, que asistió a su tormento, acobardado y metiéndose un dedo en la nariz, guardó largo tiempo en su memoria adolescente la visión de aquellas posaderas que, bajo los golpes, iban ruborizándose como mejillas.

Tras de bien zurrada, Indalecia fue despedida y se marchó a Almodóvar del Campo; don Higinio la veía muy de tarde en tarde, y ella, acordándose quizás de los azotes recibidos en su presencia y a trasero mondo, poníase colorada. Con la pubertad medró mucho. A los veinte años era una real moza que siempre tenía en los labios una canción o una risa y balanceaba deshonestamente las caderas al andar. Perecíanse los hombres por ella; mas ninguno se animaba a desposarla, pues su madre, según viejas y venenosas lenguas decían, fue de las mujeres que Cervantes llamó graciosamente «de la casa llana», y todos temían que la hija hubiese heredado la misma dadivosa condición. No faltó, sin embargo, quien la llevase al altar, que a mucho obliga un buen palmito. Se llamaba Patricio Bengoa, de oficio, carpintero, conocido por el Señor, remoquete feliz que expresaba bien la condición hidalga, dulce y brava de aquel hombre. Vivía en Serranillas, y don Higinio, que ya estaba casado, reclamaba con frecuencia sus servicios. También, aunque a largos intervalos, veía a Indalecia, siempre muy pinturera y bien calzada, y sin advertirlo, el recuerdo infantil de la azotaina volvía pertinaz a su memoria: don Higinio no olvidaba que donde el Señor ponía entonces las manos, él, muchos años atrás, había puesto los ojos. Bromeaban a propósito del tiempo, que iba echándoles a perder, y de la poca diligencia que el maestro Bengoa se daba en tener hijos. Perea tuteaba a su antigua sirviente:

—Ya sabes —decía— que quiero ser padrino de tu primer chiquillo.

Frecuentaba el taller de Patricio su amigo Juan Matías, capataz de entibadores en la mina de Perea: era soltero y parecía tener unto simpático, según como sabía allegarse las voluntades y meterse en el corazón: los dos hombres emprendían negocios juntos y se llevaban bien. Para unirles mejor, Indalecia se dio a Juan Matías. Sus relaciones duraron varios años y de ellas, excepto Patricio Bengoa, estaba informado el pueblo. Por lo mismo, Indalecia, que conocía el criterio celoso y vengativo de el Señor, vivía intranquila y sobre brasas. Juan Matías, por el contrario, aceptaba serenamente, casi sin escrúpulos de conciencia, su papel de amante; no tenía miedo; la costumbre del peligro había hecho a sus ojos, de la traición, una legalidad. Su querida, no obstante, le amonestaba:

—Guárdate de Patricio; hazme caso a mí; Patricio es de los hombres que hacen y callan...

Así opinaba también mucha gente, y esto mantenía sobre el taller del maestro Bengoa un cálido interés de drama. Al cabo, el tan previsto y temido desenlace llegó; mas no por razones gallardas de honor, sino obedeciendo a motivos triviales, pues en la eterna tragicomedia humana quiso el Destino que a lo solemne fuese barajado frecuentemente lo ridículo.

El Señor festejaba al otro día su cumpleaños e invitó a Juan Matías a comer en el campo. Precisamente era domingo. El entibador aceptó y a la mañana siguiente, muy temprano, se presentó en el taller. Era un espléndido día de julio, caliente y azul.