—Vámonos —dijo Patricio— antes de que apriete el sol.

Entre los dos hombres cargaron la merienda, suculenta y copiosa; Bengoa demostraba bonísimo humor. Indalecia manifestó que necesitaba dejar preparada la cena y no podría salir hasta más tarde; ellos se conformaron, y la joven prometió ir a buscarles al sitio denominado Los Alamos, lindante con el Guadamil. Era un paraje señero, tapizado de hierba lozana y crecida; canciones de pájaros alegraban el bosque; los árboles frondosos esparcían a su alrededor una gran sombra fresca; el terreno descendía en acelerada pendiente hacia el río, que formaba allí un remanso, y la existencia de una hoya daba a las aguas quietud pavorosa y oscura.

Sentados en el suelo, Juan Matías y el Señor comenzaron a beber; el vino era bueno; poco a poco una leve embriaguez fue desatando sus lenguas y tocando llamada a las risueñas memorias juveniles. ¡Ah, placeres inolvidables de Ciudad Real! ¡Quién pudiera volver allí!...

Los dos, muy colorados, miraban al espacio con ojos húmedos y felices.

—¿Te acuerdas de Tomasa?

—¡Figúrate!... ¿Y de Natividad? A ti te traía loco.

—¡También ella me quería!...

—¿Y aquel domingo de Piñata en que nos disfrazamos todos?

Tras un breve silencio, Patricio Bengoa lanzó un hondo y entrecortado suspiro.

—Tú eres feliz —dijo— porque sigues soltero y el hombre mozo siempre es joven. Pero, ¡yo!...