Por primera vez en su vida, aquel esposo excelente, trabajador y ordenado, sentía que la fidelidad matrimonial pesaba un poco. Sus labios tuvieron un guiño amargo y lamentose de que Indalecia viniese a interrumpirles; delante de las mujeres no se puede hablar...

Continuaron bebiendo, exaltándose, sintiendo circular por sus miembros un ardor nuevo. El Señor desafió a su amigo al dominó; aceptó Juan Matías el reto y apostaron veinticinco pesetas para una cena en la taberna de Tocinico. La cantidad arriesgada era importante y merecía ser bien defendida.

—¡El seis doble!

—El seis y cinco.

—El doble cinco...

Las fichas iban trazando una línea blanca sobre el verdor de la hierba. El entibador tenía lo que los bebedores llaman «mal vino», y cierta jugada que estimó poco limpia suscitó entre los dos hombres una disputa. Ante los peleadores acicates del vino y del sol, su rancia y fraternal amistad naufragó.

—¡Estás burlándote de mí! —gritó Juan Matías.

—Quien quiere burlarse de mí eres tú —contestó Bengoa.

—¡Mentira!... ¡Tú quieres robarme y para robar están las carreteras, ladrón!...

Al insulto replicó el Señor tirando a la cabeza de su rival las fichas que tenía en la mano; Juan Matías repelió la agresión rompiendo contra la nariz del carpintero una botella vacía; seguidamente se levantaron y engarfiñándose cual gatos furiosos, rodaron por el ribazo hasta el río.