En aquel momento preciso llegaba Indalecia; la pobre mujer lanzó un grito; pensó que reñían por ella.
—¡Juan Matías!... ¡Patricio!...
Ninguno la oyó. Agarrados el uno al otro cayeron al Guadamil, cuyas ondas, al principio, huyeron como espantadas, formando círculos homocéntricos y luego tornaron a juntarse sobre ellos. Sus cadáveres reaparecieron juntos ocho días después, tumefactos, verdosos...
Como nadie pudo sospechar la humilde verdad de lo acaecido entre Juan Matías y Patricio Bengoa, todos creyeron que se habían matado por Indalecia, lo que agregó a sus muy sazonadas perfecciones físicas un extraordinario paramento novelesco que ella, a su modo, supo aprovechar bien. Con los cuatro o cinco mil reales en que vendió a un ebanista de Almodóvar la carpintería, instaló en las afueras del pueblo, cerca de la Plaza de Toros, un taller de planchado. Durante los primeros meses su conducta fue tan laboriosa y recogida, que su virtud traía a los murmuradores desorientados y como dolidos; mas no era ella mujer que firmase contratos largos con la castidad, y así pronto el obrador se convirtió en una especie de cafetín clandestino o lugar de holgorio, adonde, llegada la noche y siguiendo hipócritamente disimulados callejones, la gente alegre se dirigía como a un santuario.
Aquel raído tráfico, sin embargo, antes empobrecía a la viuda de el Señor que la mejoraba, pues si algunos de sus amigos recompensaban con largueza hidalga sus favores, aquel dinero y aun algo más pellizcado imprevisoramente a sus ahorros, lo daba ella después a los amantes jovenzuelos que tenía para servicio y regalo de su gusto. Entonces alcanzaba Indalecia la plenitud de su rústica hermosura, y la leyenda de los dos hombres que por afición a sus pedazos se ahogaron en el Guadamil, la nimbaba espléndidamente. Julio Cenén, don Gregorio Hernández, Gutiérrez, el notario Arribas, hasta don Cándido el farmacéutico, modelo de hombres caseros, llamaron alguna vez a la puerta de aquella mujer hospitalaria. Únicamente Perea, contenido por rancios y delicados miramientos, nunca fue a verla, y así Indalecia le respetaba y tenía en mucho, de manera que si le tropezaba en la calle sus mejillas enrojecían y humildemente bajaba los ojos.
Llegaron después los tiempos malos. La viuda de Patricio ganaba en carne cuanto perdía en belleza, sus labios se entristecían, sus ojos se circundaban de pequeñas arrugas y sus mejores amigos, poco a poco, iban olvidándola; que todos hubieran podido retratarla de memoria, y raras veces en estos ingratos lances de mancebía la costumbre no sirvió de estorbo al deseo.
Ante aquel enojoso crepúsculo, la pobre mujer cerró su casa y marchose a ocupar otra más modesta. Nadie habló de ella en mucho tiempo. Un día supo don Higinio que estaba enferma y deseaba verle. Perea acudió a su llamamiento y la halló sola, encamada y con un recién nacido en brazos.
—¡Pero, criatura! —exclamó—, ¿es posible?...
—¡Ya ve usted!... A mi edad; ¿quién iba a pensarlo?...
No obstante su demacración púsose muy colorada, cual si toda la sangre que no perdió en el parto la hubiese subido al rostro. Don Higinio, que se perecía por los chiquillos, examinó al muchacho: era morenito y tenía la nariz bien perfilada y los cabellos rizos. El mocoso le ganaba la voluntad.