—Diga usted, ¿es bonito?... —preguntó la madre.
—Sí, es bonito; se parece mucho a mi Anselmo cuando nació.
Y, luego:
—¿De quién es?...
Hubo un silencio que pareció dibujar un signo de interrogación sobre el misterio de aquella nueva vida. Indalecia suspiró:
—¡Don Higinio de mi alma, no lo sé!... ¿Usted comprende?... ¿Cómo quiere usted que lo sepa?...
Perea, a su vez, suspiró; miró a su interlocutora con ojos clementes; un tropel de remembranzas infantiles invadía su memoria; se acordaba de cuando Indalecia le tomaba en brazos para mecerle, y de los cuentos que le refería de noche, inclinada sobre su cuna, mientras le cubría los carrillos de besos maternales; y vio la escena cruel de la azotaina y el turgente trasero de la muchacha tiñéndose de carmín bajo la zapatilla implacable de doña Pastora: ¡aquel trasero que tantos amigos suyos conocían y que siempre tuvo para él algo fraternal!...
—Bueno... ¿Y para qué me has llamado? ¿Qué quieres de mí?... ¿Dinero?...
Indalecia se emocionó tanto que empezó a llorar: se encontraba pobre y olvidada de todos, hasta de sus hermanos, que ni siquiera la escribían. Por eso recurría a don Higinio; nadie, acaso por la misma castidad de sus relaciones, la inspiraba tanta confianza: le había visto pequeño, era algo muy suyo, muy amado, como un pedazo de aquellos años buenos en que ella también era niña...
—Y usted —agregó— se ofreció muchas veces a ser padrino de mi primer hijo...