No necesitaba haber apelado a tantos recursos sentimentales para derrotar una voluntad tan exorable como la de su antiguo amo: hubiera dicho la mitad y habría triunfado lo mismo. Perea aceptó el padrinazgo y entregó a Indalecia cincuenta pesetas para que le comprase al chiquillo la gorrita y la capa de cristianar. La madre besó las manos caritativas del noble manchego, y a este, que era muy impresionable, se le aguaron los ojos. Indalecia no cesaba de bendecirle y daba por bien empleados cuantos malos ratos sufrió hasta allí; nunca pudo esperar un honor semejante, ni ambicionar para el hijo de su alma una suerte mayor.
Días después el muchacho fue bautizado e inscrito en el Registro con los nombres de Gaspar, Higinio, Andrés; Gaspar, por ser este el nombre del hermano mayor de Indalecia; Higinio, por su padrino, y Andrés, para no agraviar al santo del día en que nació, que fue el último de noviembre. El neófito, dentro de su traje blanco cubierto de armiñados encajes, un helado de Chantilly parecía. Ofició de madrina Vicenta, la cocinera de Perea, y terminada la ceremonia don Higinio, generoso siempre, envió a Indalecia otras cincuenta pesetas, cuatro gallinas y doce libras de chocolate.
Este rasgo altruista se divulgó en seguida y fue muy elogiado. Nadie discutió la castidad y pulcritud del sentimiento que lo había inspirado; Perea, amparando a Indalecia, socorría a su antigua niñera, no a la pobre barragana a quien los mineros, en procesión escandalosa, iban a visitar los domingos. Además, don Higinio era un hombre casto, metódico, sincero, absolutamente incapaz de burlar a su mujer con ninguna perdida.
El tiempo de una parte y de otra la reacción, muchas veces purificadora, de la maternidad, fueron cambiando radicalmente las costumbres de Indalecia. Loca de amor por aquel hijo concebido en la otoñada de su vida, y queriendo desagraviarle de la oscuridad de su origen, renunció a los hombres y buscó la subsistencia en el trabajo honesto: dedicose a confeccionar calzoncillos y camisas, que luego vendía a los mineros; también les repasaba y limpiaba la ropa. Perea, cuando salía a pescar, la encontró muchas veces lavando a orillas del Guadamil, los ojos puestos en aquel río que se llevó a su marido y a su amante.
—Buenos días, comadre...
Hablaban unos momentos y luego don Higinio, que aún no había ido a París, se alejaba taciturno, humillado, pensando que él, metido en Serranillas, no tendría nunca, como su antigua sirviente, «una historia».
Pasaron muchos años, tantos que el viaje de Perea a Francia empezaba a olvidarse, cuando de súbito el pueblo tembló con la relación del gravísimo lance de la Grande Jatte. Indalecia, que conocía mejor que nadie el pacífico y mollar temperamento de su compadre, no cesaba de asombrarse. ¡Quién lo hubiera pensado! ¡Aquel chiquillo tan bueno, tan dócil, haber tenido coraje para matar a un hombre!... Y la sencilla mujer, que le amaba como a hijo, reía y lloraba, unas veces de orgullo, otras de miedo. Cuando le vio, no pudo abstenerse de reñirle: su exaltación era sincera.
—¡Pero, compadre!... ¿Qué le dio a usted a beber esa italiana de Satanás para que así, con tanta frescura, se jugase usted la vida por ella?...
Don Higinio tuvo un gesto modesto.
—¿Quién te lo ha dicho?