—Todo el mundo... ¡Los mineros! Pero, ¿usted no lo sabe?... En las minas, desde hace un mes, no hablan de otra cosa.

Prosiguió:

—¿Y si le hubiesen a usted matado? ¿Eh? ¿Y entonces?... ¿Qué hubiera sido de su señora y de sus hijos?... ¡Ah, loco!... ¡Y ya que le he visto chiquito..., así..., que no levantaba un palmo del suelo...; como quien dice, en pañales!... Tampoco se acordó usted de mí en ese momento ni de su ahijado. ¡Buenos son ustedes, los hombres, en cuanto hay de por medio una camisa de mujer!... Y si fuese usted soltero..., ¡bien va!..., haga de su capa un sayo y mátese con quien quiera que nadie le censurará; pero, ¡así..., cargado de obligaciones!... ¡Yo no lo entiendo! ¿Qué voy a decirle? ¡Los hijos, compadre de mi alma, atan mucho... mucho!... Véame usted a mí; ahora, casi de vieja, me he puesto a trabajar; pues todo lo hago para que Gasparito tenga algo que agradecerme el día de mañana...

Luego se puso triste y habló de la conciencia, y hubo en la tosquedad de sus palabras una emoción que, repentinamente, pareció purificar su rostro como una agua lustral: las malas acciones de nuestra juventud nos acosan a lo largo de la vida semejantes a perros rabiosos; los remordimientos son insaciables; sus dientes, que no hacen sangre, se clavan, sin embargo, como alfileres, en el corazón.

—Usted mató a ese hombre porque, de lo contrario, él le hubiese matado a usted, ¿no es así?... Él le buscó a usted, le provocó, le obligó a pelear... ¿Qué iba usted a hacer?... ¡Bueno, no importa!... Su cadáver estará usted viéndolo siempre, y cuantos más años pasen, peor. Usted conoce mi desgracia, compadre, y sabe que hablo por experiencia; pues yo le juro, sobre la cabeza de mi Gasparito, que ni un instante olvido aquel momento en que mi Patricio y Juan Matías se agarraron y cayeron al río. Yo no les empujé, yo no les tiré al agua haciéndoles así, con la mano...; pero sé que se mataron por mí, y eso basta.

A pesar de tan razonables observaciones, don Higinio comprendía que, como todo el pueblo, Indalecia, desde que tuvo conocimiento de su hazaña, le estimaba más; y no precisamente como a persona de su intimidad y particular afecto, según hizo hasta allí, sino como a verdadero hombre de mundo, esforzado, vivido y galán. Sin embargo, delante de Indalecia el inocente Perea hallábase empequeñecido y sin aplomo: su prestigio era robado, carecía de fundamento, reposaba todo él sobre una mentira; mientras el de su comadre tenía por pedestal heroico e inamovible dos cadáveres, ante los cuales desfiló todo el vecindario de Serranillas. Al holandés del hotel de los Alpes nadie le había visto; pero a el Señor y a Juan Matías les trató mucha gente y el pueblo entero conocía los ocultos motivos de odio que mediaban entre ambos. ¡Ah! ¡Si él hubiera sabido que la historia de aquella doble muerte era falsa también! ¡Si hubiese sospechado que Patricio Bengoa y el entibador no se mataron por celos, sino por una jugada de dominó, habría visto que el drama famoso que embelleció la juventud de Indalecia, como la mayor parte de cuantos dolores torturan a la frágil humanidad, era un poco ridículo!...

A los quince años Gasparito llamaba la atención por sus donaires y la majeza y gitanesco garabato de su linda persona. Parecía de bronce. Era delgadito y de mediana estatura, pero vigoroso y muy ágil; no mostraba afición hacia ninguno de los oficios que su padrino quiso darle, pero los toros le robaban el sueño y llevaba siempre trajes ceñidos y los aladares muy peinados y brillantes de aceite. Su madre estaba desesperada, no sabía qué hacer de él. Don Higinio también empezaba a cansarse: le había colocado en su mina con una peseta de jornal y el muchacho vendió las herramientas para ir a ver en Manzanares una novillada; después le dedicó a herrero, y ni por casualidad llegaba puntualmente al taller; le metió de aprendiz en la sastrería de Antolín y sucedió lo mismo. Don Higinio, exasperado, llegó a pegarle, y cuando el chiquillo fue a decírselo a su madre, esta, lejos de atenderle como él esperaba, empezó a decir con grandes voces:

—¡Lo que haga tu padrino, bien hecho está! Había de matarte, ¿oyes?... había de rociarte con petróleo y prenderte fuego, y no sería yo quien le sujetase la mano. ¿Te parece que el hombre, sin obligación ninguna, ha hecho y está haciendo poco por nosotros, desagradecido? ¿No sabes, hampón, que sin él tu madre se hubiera muerto y tú habrías ido en cueros a bautizarte?...

De tal escena y de otras semejantes dedujo Gasparito que don Higinio era su padre, y como este parentesco satisfacía su vanidad, se convenció pronto de ello y empezó a decirlo a unos y otros, aunque dando siempre a sus palabras visos misteriosos de confesión. En otra ocasión, aquella fantasía seguramente no hubiese medrado; pero don Higinio Perea ya llevaba a su espalda una leyenda: un aventurero que como él había corrido Europa seduciendo italianas y matando holandeses, y acaso fuese autor de otros desafueros peores, ¿por qué no tendría un hijo de cualquiera de sus antiguas criadas?... Además, su resuelta protección al muchacho lo indicaba así: algo habría cuando don Higinio, que llevaba sobre su alma tantos recuerdos graves y no era, por lo mismo, hombre capaz de enternecerse fácilmente, no desamparaba a Gasparito. La especie cundió, como el fuego en un pajar, de conciencia en conciencia; las mujeres se persignaban; don Gregorio, Julio Cenén, Arribas, don Cándido, Gutiérrez, todos los amigos del héroe de la Grande Jatte, arqueaban las cejas despavoridos. ¡Canario, con Perea, y qué historias iban descubriéndole!... Cuando a la señora Indalecia la hablaban de esto, la mujer sonreía halagada. Y así fue cómo don Higinio, de repente, por imperativo de la opinión, se vio obligado a aceptar la paternidad de Gasparito.

Al saber doña Emilia esta nueva calaverada de su marido, tuvo un disgusto tan grande como cuando doña Lucía la refirió el drama de la Grande Jatte, con la agravante de que ahora el origen de su pena era prosaico, vulgarísimo y exento de todo airón novelesco. ¡Tener un hijo de una criada!... ¿A quién se le ocurre?... ¡Y de una mujerzuela así, que ni los mineros la querían!... Todo el orgullo burgués de la noble señora protestaba de tan sucia mesalianza. Con los recuerdos su indignación se enardecía: precisamente don Higinio visitaba a Indalecia cuando ella estaba en meses mayores de Carmencita; un embarazo penosísimo, una verdadera enfermedad, que a poco la cuesta la vida. Doña Emilia había encontrado su belicoso carácter de antes y cerraba los puños. ¡El muy granuja! ¡Un hijo de diecisiete años!... ¡Ese era el fruto de las tardes que decía pasaba pescando en el Guadamil!... La esposa veía al adúltero saliendo, hipócrita, de su casa con el paraguas y la sillita de campo debajo del brazo y la caña al hombro, para ir a regodearse con su manceba. Los peces que el miserable traía luego a su hogar, Indalecia, seguramente, los compraba en el mercado. ¡Ah! ¡Cuánto se habrían reído de ella los dos!...