El encuentro de doña Emilia y su marido fue borrascoso: mucho gritaba ella, pero él ni se amilanaba ni cedía en un ápice; a una voz de la improperadora, replicaba el agredido con otra voz; a un ademán colérico, con otro ademán de mayor hostilidad y violencia. Tan alto hablaban que Teresita, a pesar de su sordera, les oía perfectamente.
Desde el primer momento el acusado, con un arrebato que lejos de favorecerle corroboraba el delito que le atribuían, comenzó a negar. ¡Mentira, todo aquello era mentira!... Él no había tocado ni a la fimbria de las enaguas de Indalecia. Lo juraba, lo sostenía por su honor de caballero. Indalecia, a pesar de su baja condición, era para él una especie de hermana. Guardaba una actitud tan intransigente, tan irreductible y de tan furibunda y amedrentadora manera le relucían los ojos, que empavorecida doña Emilia comenzó a desconcertarse. De nuevo volvió a sentir la sugestión trágica que, durante aquellos últimos años, ejercía sobre ella el héroe.
—¡Pero, si lo dice todo el pueblo! —sollozó.
—¡Pues, miente todo el pueblo! —replicó Perea.
—¡Si te han visto entrar en casa de esa mujer!...
—Naturalmente. ¿Y qué? ¿Lo niego acaso?... Pero ya sabes en qué forma: como protector, como padrino de su hijo.
—De vuestro hijo, querrás decir.
—¡Emilia!... ¡No respondo de mí si se me agota la paciencia!...
El campeón de la Grande Jatte cerraba los puños y sus cejas peludas, donde blanqueaban algunas canas, se contraían olímpicas. Estaba magnífico. Añadió:
—Quisiera saber quién te ha contado esa infamia.