—Mucha gente.

—Pero, ¿quién?... Así, con tanta vaguedad, no se responde. Concreta, di... ¡yo necesito un nombre!... ¡Al canalla que fuese iba a costarle el corazón!...

Enardecido por la fanfarria baratera de sus gestos y palabras, don Higinio se acordaba del holandés como si efectivamente le hubiese matado. Doña Emilia tuvo miedo; conocía a su marido; los hombres como él tardan en irritarse, pero ya furiosos llegan al crimen. Entonces bajó los párpados y su llanto empezó a correr ingenuo; estaba arrepentida de haber hablado tanto; es peligroso hostigar a la fiera...

Perea iba y venía por la habitación a descompuestas y sonantes zancadas. De pronto, se detuvo; abrió los brazos:

—No es verdad. ¿Oyes bien?... No es verdad, que Gasparito sea mío. Pero, aunque lo fuese, ¿es motivo suficiente para que te pongas así y de tal modo me pierdas el respeto?... Yo tengo mis ideas; yo soy un hombre moderno, inteligente..., un hombre que ha viajado, y por lo mismo, incapaz de abandonar a un hijo suyo, le hubiera habido de una princesa o de una fregona.

Hablando así el grandísimo farsante cohonestaba la verdad con lo que tanto adulaba su pueril inclinación a ser tenido por hombre de proceloso historial. Él nada había declarado, y, sin embargo, comprendía que aquella última reticencia ahincaba definitivamente en doña Emilia la convicción de que Gasparito era obra suya. Satisfecho de su victoria, agregó amansándose pérfidamente:

—Además, tonta, ¿qué les faltó nunca a nuestros hijos? A Anselmo le tenemos en la mejor casa de huéspedes de Ciudad Real y el año próximo empezará su carrera de Derecho; Joaquinito pronto será bachiller; Carmen ya tiene novio, ¿Eh? ¿Creías que lo ignoraba? Ya ves que no. Le conozco: Ismael Cañeja: no parece mala persona. ¡Bobina!... Yo sé muchas cosas, pero aparento no saberlas porque a las mujeres, para entretenerlas mejor, conviene engañarlas siempre un poquito... Entonces, si el porvenir de los muchachos está asegurado..., ¿de qué te quejas?...

Calló comprendiendo que el silencio le ayudaba a triunfar. Inclinose luego sobre su mujer, que permanecía sentada, y la besó en los cabellos tiernamente. Aquellos cabellos que él conoció negros y el tiempo artero poco a poco iba espolvoreando de ceniza. Engañándose a sí mismo, pensó: «Verdaderamente la he hecho sufrir mucho»... Y su emoción fue tan sincera que se le aguaron los ojos. Ella, la inocente, le echó al cuello los brazos, y balbuciente:

—Yo sé..., yo sé..., ¡no te enfades!..., yo sé..., que Gasparito es hijo tuyo... Bueno, no hablemos más de eso; te lo perdono. Pero... ¡júrame que no has tenido más hijos de otras mujeres!...

Perea, desconcertado por tanta indulgencia y tanto candor, inició un ademán ambiguo.