—¡Júramelo! —repitió doña Emilia—. Quiero oírlo todo, lo bueno y lo malo, pero de tus labios; diciéndomelo tú, nada me hace daño. ¡Hablas tan bien!...

Su enamorado acento era apremiante, convulsivo; y como don Higinio, detenido por unas migajas de honradez, vacilase:

—¿Es que hay otra historia? —gritó.

Iba a llorar: el héroe comprendió que era indispensable volver a mentir.

—No —dijo pausado—, no hay más historias.

—¿No tienes otros hijos?

—No.

—¿Me lo juras?

—Te lo juro, Emilia; te lo juro.

Ella respiró consolada. Perea la dio muchos besos y salió a la calle. Camino del Casino, iba pensando: